Editorial

Sobre las moscas – Ernesto Adair Zepeda Villarreal

Sobre las moscas

Ernesto Adair Zepeda Villarreal

Fb: Ediciones Ave Azul X: @adairzv YT: Ediciones Ave Azul Ig: Adarkir

 

Extraña relación tenemos con esas pequeñas máquinas del averno. Las moscas deben ser uno de los habitantes de nuestro mundo que más desagrado nos causan, tan conceptualmente, biológicamente, así como moral y estéticamente. El cuerpo de las moscas es desagradable, sus ojos espejeados como las bolas de música disco de los setentas, su trompita (probóscide para los puristas), la selección de sus alimentos, y en lo particular, su molesto ruido. Claro, cumplen una función natural formidable, y como la gente que trabaja en la basura, aunque las mal-miramos, dependemos de ellos en cierto punto. Esta especie ha evolucionado para aprovechar los desperdicios, las deyecciones, la muerte, para hacerse de un medio de vida. Eso es lo que tanto nos desagrada. Solemos asociar a las moscas con la suciedad, con la podredumbre, con las enfermedades, con lo inmoral. No es necesario explicarlo a detalle. Las moscas son, en pocas palabras, una abominación necesaria en nuestros sistemas ecológicos (por la comodidad de la economía del tiempo, más que nada).

Sin embargo, se han hecho su lugar en nuestro panteón, apareciendo en cuadros renacentistas, encumbradas en piezas de literatura clásica, e incluso en los medios audiovisuales masivos, como la televisión o la música. Pasan desapercibidas, pero ahí están, con sus obscenos símbolos de lo indeseable. Ni siquiera la biblia de salva de presentarlas en toda la dimensión de su repugnancia, ya que el mismo Señor de las moscas, ocupa una jerarquía importante en las líneas del infierno. Título que además es referente de una obra literaria que explora los salvajismos de la naturaleza humana a través de los niños, que como no van a ser unos bastardos sino es por las moscas (sic). Muchas pinturas, incluyendo a los maestros de las escuelas europeas clásicas las han encumbrado, ya que sea como mofa de los curiosos, o con más profundas declaraciones contra la estética, contestatarios. Incluso el cine se ha visto impregnado de referencias donde las moscas son portadoras de enfermedades mortales, de pandemias de la violencia, e incluso, con aquella joya del body-horror que fue la mítica The Fly; película hartamente impresionante que vi de niño, quién sabe por qué laxa supervisión.

Pienso en las moscas. Más allá de eso, no deberían ser tan importantes, como las amebas o bacterias. Salvo esa característica tan especial, tan única, de ser monstruosamente (más que lo físico) ruidosas. Incluso la infección o sus nexos satánicos pueden pasarse por alto según las circunstancias. Pero aquello es una impudicia sin miramientos. El silencio es una forma perfecta de la belleza, de la tranquilidad, de la inmovilidad. Y no es por temor a la mortaja o por el recordatorio permanente de la entropía que abraza a la materia, especialmente la orgánica, ni siquiera por el canon de los cuerpos segmentados y las salpicaduras tornasoladas en sus alas. Es el maldito ruido. La perturbación de la dicha, la violación de la nada. El zumbido de las moscas, su antítesis, es la negación de la belleza. Se esfuerzan por ser malignas, por ser despreciables, planeando sobre nuestras cabezas en la santidad de la siesta. Semejante acto de barbarie es contrario a cualquier manifestación de civilidad, incluso más allá del reino animal. Otros insectos, o prójimos, tienen defectos, a su manera. Ninguno lleva su determinación de ser tan antipáticos a la maestría de las moscas.

Las moscas son una metáfora de la imperfección, de lo despreciable que hay en el mundo entero, desde los cuerpos colosales del universo hasta las ficciones retóricas del infinito cuántico. Infectan cuando espacio ocupamos, lo que debería darnos una pista de la compleja relación simbiótica que se deriva, y por ende, de nuestra propia naturaleza. Con esa iteración casi ridícula en el tiempo donde acontecen cuentas de generaciones apenas en la duración de una vida humana; espiral fractal que se puede echar por delante a diferentes escalas. Aparecen de la nada en cada bioma, en cada ciudad, entre museos y festivales sensoriales, hasta dentro de las mismas retóricas más caprichosas en su contra, burlándose de nosotros. Allí, en su trono de desperdicios, son incapaces de mantener el silencio.

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