Editorial

Escribir por negación – Ernesto Adair Zepeda Villarreal

Escribir por negación

Ernesto Adair Zepeda Villarreal

Fb: Ediciones Ave Azul X: @adairzv YT: Ediciones Ave Azul Ig: Adarkir

 

Una frase que se atribuye a Pablo Picaso, aunque no me consta la referencia, es que la función del arte es ‘corregir el mundo’. Supongamos que fue así. El arte, y en especial su manifestación escrita, es un mecanismo con el que se plasman pensamientos, que se derivan de experiencias, directas o indirectas, en nuestro paso por el mundo. Las experiencias directas son todas aquellas que adquirimos por piel propia, sucesos, emociones, eventos relevantes. Las indirectas son aquellas que adquirimos a través de otros, escuchando, leyendo, visualizando su experiencia de manera sintética. Como fuere, es una reconstrucción de lo externo antes de redirigirlo a otros, en el mejor de los casos. Escribimos para comunicar, en teoría. La objetividad es un capricho que no siempre viene incluido. Ser objetivos significaría desprenderse de juicios propios, opiniones, ideas o filias y fobias. También requiere humildad, aceptar hechos, tener la honestidad suficiente como para aceptar tanto lo que hicimos o dijimos, en una cruda crónica. Parece un buen ejercicio, aunque no me queda claro hasta dónde podemos ser tan sinceros. Cuando menos en mi propia experiencia.

Escribo porque tengo el gusto de plasmar en el lenguaje un evento, un peregrino pensamiento. A veces, raras veces, sirve como un puente, unidireccional, que puedo entregar. No busco respuestas. Además, el tiempo me ha enseñado que tampoco hay muchos lectores dispuestos al diálogo, en especial dentro del gremio. Cosa que se puede ahondar en otro espacio. A manera de declaración de intenciones, poco queda en mi control sobre la fiabilidad de lo que escribo. En primera instancia, es una reconfiguración de algún evento, que se manipula en algo tan oscuro como el lenguaje, más si es poesía. Desde ese instante es conocido que ya hay una tergiversación, no necesariamente intencional, de lo acontecido. Antes que eso, la experiencia de haber sido testigo o participe, también está sesgada a la corporeidad y los sentidos con que se atraviesa el evento.

Luego, la edición. En mi metodología escritural, para sonar posmo, la revisión es un elemento central. Se escribe a las prisas, se transcribe tratando de entender mis propias letras, y se deja pasar un tiempo a que venga algún proyecto para que los textos vean la luz. Ya ahí hay dos grandes sucesos que alteran la sensorialidad inicial: la prisa de anotar con palabras un torrente de pensamientos (atado a la emergencia de la primera palabra identificada, aunque puede que no sea la mejor), y luego la reinterpretación del escrito, donde pequeños cambios pueden o corregir las deficiencias de la primera selección de conceptos, o ampliar la distancia respecto a la experiencia real. Luego, en la revisión, pasado el tiempo, interviene más un aspecto estético u holístico, que adapta y corrige elementos cuantiosos para fortalecer el texto, y no necesariamente para hacerlo preciso. Como diría el griego, quien escribe en el fango del río no es el mismo que el que observa los terrones secos al sol. A lo largo de toda la cadena, siempre cabe el espacio gris, también, de pequeños grandes cambios, a gusto de quien lleva el relato por su cuenta; o la franca reinvención en favor de lo emotivo.

Finalmente, el texto asentado en la tinta o en los bits, ha pasado por tantas etapas como sea necesario, aportando una forma de comprensión, una declaratoria de la belleza, incluso de la ética, o medio centenar más de cosas, menos, tal vez, la verdad. Quizá la crónica o la historiografía sean géneros más exactos; no lo sé, ya que no los practico habitualmente. En el caso de lo lírico, de la narrativa, incluso del drama, es difícil afirmar que hay más verdad que fantasía. Es difícil no ceder ante el poder casi divino del editor para forzar eventos, diálogos, elementos físicos, que sean más agradables a la lectura, funcionales para la historia, soportables para el corazón. Se escribe pensando en el hoy, y en algún momento, a lo mejor, se publique. El lector es otro mundo, diferente, abstracto, que interpreta según lo que desea, o necesita, o puede. Y en el fondo quién sabe si sea importante la verdad, ya que apuntamos a la verosimilitud, estrujando en la pluma nuestra hostil necesidad de saber que somos la mejor versión posible de nosotros mismos (artistas).

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