LADRO LUEGO ESCRIBO
H. Samuelson
Nace en el México de la década de los sesenta. Desde muy chico, se convierte en un viajero incansable, cuando descubre que un libro puede llevarlo más lejos que cualquier barco, y más aún, le permite desafiar el tiempo. En su juventud llega a la conclusión de que la realidad le es insuficiente. La vida de un solo hombre resulta demasiado limitada, así que decide vivir muchas. Se sumerge en múltiples universos, donde héroes y villanos aguardan en las páginas, listos para despertar bajo su mirada ávida. Se convierte en guerrero en tierras lejanas, ballenero, lunático, poeta maldito en la penumbra de una taberna, escalador del Everest, náufrago, elfo, emperador intergaláctico. No hay frontera que su mente no cruce, ni época que no explore.
En su vida adulta, descubre el poder del bolígrafo. Su escritura no es solo una forma de contar historias, sino su manera de existir. Cada personaje que crea es una dilatación de sí mismo. “Escribo para vivir más de una existencia”, afirma.
Ha publicado cuentos en revistas culturales y en las antologías de Ladro, luego escribo desde el lanzamiento del primer volumen en 2019. Su mayor aspiración es que su nombre se recuerde, no solo como un narrador, sino como alguien que habita sus historias. Cada cuento es un portal, una invitación a vivir otra vez: a ser una flautista, un indigente, un emperador que enfrenta una hueste de vampiros, un dios. Para él, la lectura y la escritura son la única forma de vencer la mortalidad.
Hsamuelsonescritor@gmail.com
El juego infinito
El hombre cayó al suelo. Un dolor punzante en el corazón se extendía por todo su pecho. Quiso gritar, pero el aire apenas le alcanzaba para un débil jadeo. Apretó los ojos. Un frío indescriptible le recorrió las venas. Al mismo tiempo sintió su cuerpo volverse ligero. Poco después una gran calma lo fue envolviendo como si se sumergiera en agua tibia. Quería rendirse a esa sensación placentera, donde no había más dolor. Sin embargo, en su mente se dibujó el rostro de su hijo, al que había abrazado esa mañana: se quedaría solo en el mundo. Le siguió una avalancha de recuerdos, las noches en vela cuidándolo cuando era un bebé, sus primeras palabras, los paseos por el parque, la forma en que sus pequeños brazos lo rodeaban, el día en que su madre había muerto un año atrás y cómo tuvo que sostener el frágil corazón del niño mientras ocultaba los pedazos del suyo.
Intentó levantarse, pero su visión se fue apagando y el peso de su cuerpo se desvanecía. Abrió los ojos. No vio nada.
—¿Esto es la muerte? —preguntó al aire, sin esperar respuesta.
No hubo túneles de luz ni coros celestiales; simplemente se encontró flotando en un espacio en blanco, infinito, vacío, donde ni el tiempo ni el espacio existían. Había una ausencia total de sonidos. La ubicuidad blanquecina parecía al mismo tiempo un lugar de total libertad y una prisión. De pronto, una voz profunda y serena, pero que sonaba atronadora en el absoluto silencio, lo sobresaltó.
—Se podría decir que sí.
De súbito, frente a él había un hombre de mediana edad, vestido con una túnica. Su rostro era inexpresivo, pero sus ojos… Sus ojos eran como un abismo en constante movimiento, inhumanos y perturbadores. No necesitó preguntar quién era: era Él. Sintió un escalofrío recorrerle el cuerpo. Pensó en el juicio final, en el cielo y el infierno. Mil preguntas se agolpaban en su lengua. Se arrodilló, pensó que quizá debía hacer algún tipo de alabanza, abrió la boca, pero lo que salió fue una pregunta urgente que se había abierto paso con angustia.
—¿Dónde estoy?
—En realidad, este lugar no tiene un nombre, ni siquiera se puede decir que sea un lugar, puedes verlo como un punto intermedio —respondió Él con un tono tan neutro que resultaba inquietante.
El hombre se quedó en silencio un momento, luego exclamó con un atisbo de esperanza:
—¡O sea que sí existe un más allá!
—No fue lo que dije.
El hombre sintió una punzada de miedo, no por la ambigüedad de la respuesta, sino por el tono de frialdad.
—Entonces, ¿qué significa eso?
—¡No significa nada!, es solo donde termina el juego.
Él juntó las manos en la espalda y se quedó inmóvil, observando con detenimiento cada detalle de la reacción del hombre.
—¿Hablas de mi vida?, no es… no fue, ningún juego.
—Oh, pero claro que sí, eso es exactamente lo que es, la tuya y la de todos los seres humanos —dijo Él mientras se acercaba al hombre con una sonrisa.
El hombre lo miró confuso.
—¿El propósito de la existencia es… una broma?
Él hizo una pausa, levantó ligeramente la barbilla como si saboreara la pregunta antes de responder. Se acercó hasta que el rostro del hombre casi le rozaba la túnica y se agachó para decirle al oído, como si le estuviera revelando un secreto, pero en un tono desdeñoso:
—Para ser precisos, el propósito de su existencia es mi entretenimiento. Cree a los humanos para divertirme.
Al hombre le cayó una piedra en el estómago, el calor le recorrió el cuerpo desplazando el sentimiento de reverencia que había sentido al inicio y se levantó.
—No entiendo. Fui una buena persona, tengo un hijo, él es todo para mí. Nada de eso ha sido un montaje.
—Sí, sí, ya lo sé. Es más, ¿te gustaría ver todo lo que hiciste durante tu tiempo en el mundo?
Él giró y dándole la espalda extendió una mano moviendo la muñeca con sutileza. El hombre sintió su mirada atrapada en el movimiento, y mientras lo seguía, como si un espejo hubiese estado oculto detrás de un velo, el espacio blanco se llenó de imágenes: se vio a sí mismo en su infancia, a sus padres, su juventud en un barrio humilde, las noches en vela estudiando, el día que tomó la mano de su esposa por primera vez. Pero también estaban las discusiones, las promesas rotas, las confianzas traicionadas, los momentos en los que había lastimado a otros, algunos intencionados. La muerte de su esposa. Y finalmente, la imagen de un niño, solo, llorando frente a una mesa vacía, su hijo.
El hombre retrocedió horrorizado. Cuando vio a su hijo llorando, sintió un nudo en la garganta. Quiso gritar su nombre, arrancarlo de esa imagen cruel. Las imágenes lo habían impactado a tal grado que no pudo hablar, ni pensar, ni moverse. El silencio se fue extendiendo hasta que resultó aterrador, entonces el hombre, con un inmenso esfuerzo lo rompió.
—¿Por qué me muestras esto?
—Ese fuiste tú —respondió Él, con el tono de alguien que se ha cansado de dar explicaciones. Se alejó unos pasos y se volvió para verlo directamente a la cara antes de continuar—. Debes admitir que, viéndolo en retrospectiva, no hiciste gran cosa.
—¡Ah!, ¿o sea que no te he entretenido? —estalló el hombre, la voz cargada de desprecio—. Mis emociones, mis sueños, mi familia… ¡¿no significan nada?!
El hombre, con el rostro desencajado y el ceño fruncido, dio un paso al frente. Él no se inmutó, se limitó a decir, en un tono burlón:
—Aaaah, claro que sí. Significan todo para ustedes, y eso es lo que importa. Si no lo sintieran tan real, el espectáculo no tendría gracia.
El hombre sintió náuseas. Su mente era un río embravecido, arrasando los bordes del cauce que lo habían mantenido durante su paso por el mundo, desbordándose en la idea abrumadora de que toda su existencia, todo lo que había pasado y lo que pasaría con su hijo, no eran más que un cruel espectáculo. Luego gritó:
—¡Es ridículo!, el ser humano está hecho para crear, para amar, para trascender, para… para…
Él lo miró con sus espeluznantes ojos, que eran al mismo tiempo crueles y amorosos, formidables y serenos, despóticos y dulces. El hombre guardó silencio instintivamente, aunque todo le temblaba y apretaba los puños hasta clavarse las uñas en las palmas. Las imágenes a su alrededor empezaron a cambiar, esta vez vio gente riendo, manos construyendo obras colosales, guerras, gritos, el calor del fuego. Imperios alzándose y desmoronándose como castillos de arena. Una rueda interminable repitiendo el mismo ciclo de creación y destrucción. Entre miles de imágenes podía identificar perfectamente a las familias, los hombres, las esposas, los hijos e hijas, algunas veces felices, otras en llantos desgarradores, unos vivos, otros muertos, pero todas lo llevaban una y otra vez a la imagen de su hijo.
El hombre creyó que una mano gigante lo tenía aprisionado y lo apretaba hasta triturar sus huesos. No quería ver nada más. Desvió la cara. En su mente se decía que nada de lo que estaba pasado era posible, que no era verdad que estuviera muerto, que debía estar vivo pero delirante, que pronto lo atenderían y recobraría el sentido, que saldría de esa espeluznante pesadilla. Aun así, no pudo evitar decir en voz alta.
—¿Por qué nos haces esto?
Él lo miró largo rato sin responder, parecía dudar, su semblante era una máscara de roca, el hombre pensó que daría media vuelta y se iría sin decir nada, pero Él sonrió afable y dijo:
—Te lo diré: los humanos están diseñados para construir y transformar, son ingeniosos, audaces… apasionados. Sin embargo, carecen de la capacidad para sostener la armonía por mucho tiempo. Cuando alcanzan un punto de equilibrio, siempre encuentran una forma de romperlo, de sacar lo peor de ustedes mismos. Luego, cuando han destruido todo, empiezan de nuevo, como si olvidaran que están destinados a fracasar. Su caos, su lucha, su capacidad para sentir tan profundamente: ese vaivén es fascinante, incluso, tal vez, por ponerlo en términos humanos, envidiable.
Al terminar, cerró los ojos por un momento.
—¿Y mi hijo?, ¿qué pasará con él ahora que se ha quedado sin padres? —dijo el hombre con la quijada trabada.
—¿Quién puede saberlo? —respondió Él alzando la voz y levantando los brazos a los lados—. Su futuro está en manos de las personas con las que tenga contacto de aquí en adelante. ¿Vivirá con un pariente o en un orfanato?, ¿lo tratarán bien o mal?, ¿tendrá educación o no? En este punto, puede pasar cualquier cosa —continuó con una amplia sonrisa. Luego agregó en un tono de ligereza— ya hemos visto de lo que los humanos son capaces.
El hombre lo miró con inmensa aversión, esa figura ahora le parecía monstruosa. Un sudor frío le corría por la frente.
—Te equivocas, no participaré en tu perverso circo, ¿qué se supone que pasará ahora?, ¿qué harás conmigo?, ¿me vestirás de bufón y te bailaré por toda la eternidad? —preguntó alzando la voz y manoteando en el aire.
Él suspiró y giró ligeramente la cabeza. Pensativo veía al vacío. Cuando habló, su tono era duro como el metal.
—No, nada de eso, no tienes de qué preocuparte y, para serte franco, esta conversación se torna aburrida.
El hombre se abalanzó sobre aquél ser miserable.
En ese momento Él empezó a brillar. La luz que emanaba de su ser fue subiendo en intensidad hasta que lo cegó. El silencio era aplastante. Cuando su visión se aclaró, ya no estaba solo, se encontró rodeado de personas, hombres y mujeres de todas las edades. Miles, tal vez millones de rostros desconcertados lo rodearon, mirándose unos a otros con temor, atrapados en el mismo espacio. El hombre, de alguna forma comprendió que aquella blancura infinita era la luz que Él emitía. Su voz resonó de nuevo, distante y al mismo tiempo parecía venir de todas direcciones.
—No tienen nada de qué preocuparse, su papel ha concluido.
El hombre quería luchar, encontrar alguna salida, pero su conciencia comenzó a desmoronarse como el carbón convirtiéndose en cenizas. Se tambaleó, echó la cabeza atrás y gritó con furia, con una impotencia desoladora.
Después, no quedó nada.
