Editorial

El domo de la tierra plana… – Ernesto Adair Zepeda Villarreal

El domo de la tierra plana…

Ernesto Adair Zepeda Villarreal

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Con la masificación de la información debía venir una nueva era para la humanidad, donde la democratización del conocimiento, las mejoras en las capacidades individuales y colectivas, así como la reducción de la brecha entre los académicos y el vulgo podrían lograrse. Sin embargo, algo pasó a medio camino. Nos advirtió Humberto Eco, que contrario a lo optimista de la afirmación anterior, el triunfo sería de los idiotas. Hay evidencia suficiente para comenzar a darlo como una acertada predicción. Lo que las modernas herramientas de comunicación han probado es lo que siempre se había dicho por lo bajo, pero que nadie dice públicamente: el problema son las personas, no los modelos educativos. Información hay de sobra, y por fortuna, una basta cantidad de personas han accedido a información en niveles de profundidad nunca antes vista, permitiéndoles expandir las fronteras de su existencia, sus habilidades, y más. Otros, por su parte, han perfeccionado su estupidez. De manera bastante sonora.

Un ejemplo de ello son los famosos terraplanistas, que por algún motivo creen en lo que creen, con cierta vehemencia, casi ardorosa pasión religiosa. Nada de malo hay en ello, más que su error conceptual del mundo, ya que fuera de eso poco menos daño hacen que la Inquisición. Lo que resulta interesante es la profundidad de esa necesidad de creer en lo único, en lo realmente complejo de su conspiranoia. No es nada menor, y tampoco lo busco usar como un demerimiento. Al contrario, es bastante interesante. La conspiranoia es definida como un grupo de ideas específicamente claras de cómo nos engañan y manipulan, desde los gobiernos, las empresas y hasta nuestros seres queridos. No debe ser un juicio rápido, porque la experiencia y la historia nos han demostrado que muchas de esas teorías además de ser divertidas, fueron ciertas. La burla a los conspiranoicos es una herramienta política en sí misma, que vuelve el debate mucho más interesante, con ramificaciones, nuevas teorías, y una caterva cada vez más grande de espacios grises donde compilar, mirar y reflexionar. Vaya a saber si muchas de esas hipótesis terminen siendo validadas en el futuro a la luz de la evidencia.

Pero una de mis favoritas, y por mucho, es la del domo sobre la Tierra. No sólo implica que la Tierra es plana, estable, sino que hay un domo de vidrio, o material similar pero muy resistente, que alguien colocó por algún motivo. A partir de aquí no hace más que mejorar poco a poco. Evidentemente, y si no fue plagio (porque ya no se sabe), la idea fue de King, de una de sus novelas, donde el Gobierno, siempre el maldito Gobierno, sella una comunidad con una colosal cúpula de vidrio. Pero la teoría conspiranoica supera en todo a la novela. Tanto por la magnitud, a escala mundial, así como las implicaciones. ¿Fue el Gobierno, los alienígenas, dios? Y cuál fue su motivo. Sin embargo, los detalles son los que comienzan a ser las pequeñas joyas de la historia. Un ejemplo, sin afán de mofa, es la “científica” argentina que hace poco saltó a la fama del stream del internet por su teoría de que los generadores eólicos (las hélices que tanto odiaba el Peje) eran vestidores enormes para simular el viento, que se necesitaba para manipular el clima, elevar los aviones (pero no más allá del límite seguro del domo de 30 mil pies, porque más arriba está el domo, como lo demuestran las explosiones de cohetes), pero no demasiado para arruinar los motores masivos que generan la corriente marina. Porque quién sabe si sea hueca, pero es plana. No se me malentienda, ni es burla sosa ni caída en la demencia, pero la atención a los detalles es sumamente divertida, en un genuino ejercicio de imaginación para acomodar las piezas, alimentada por la masiva máquina del internet. Lo tangible ahí estará, aburrido y científicamente comprobable. Quizá no nacimos en la afortunada época de creer en dragones (con esas ligeras inconveniencias de salubridad y política laboral), pero es una fantástica época para escuchar lo que la gente piensa. Quien sabe, en un honesto ejercicio de autoconciencia, puede que estemos más cerca del domo de lo que creemos.

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