Ladro luego escribo
Tenochtitlán: cuando los dioses guardaron silencio
H. Samuelson
Ataviado con una túnica de algodón de un rojo intenso, sobre la cual luce un manto de piel de jaguar, Cuauhtémoc porta también el ichcahuipilli. Su penacho de plumas de quetzal está rematado en oro y en la mano sostiene una espada de madera con cuchillas de obsidiana. Desde lo alto del templo a Huitzilopochtli, Cuahutémoc supervisa la preparación de sus guerreros. No le falta valor. Sin embargo, los recuerdos deshonrosos de batallas perdidas lo atormentan. A lo lejos, alcanza a vislumbrar al enemigo: Los nahuales llegados del este avanzan como una sombra destruyendo todo sobre la tierra. Su piel mortecina, densas barbas, colmillos afilados y ojos vacíos como pozos reflejan el hambre de los seres condenados. Beben la sangre de sus hermanos, esclavizándolos, forzados a olvidar que alguna vez fueron hombres.
Tlacahuepan, su sacerdote principal, se dirige a los capitanes instándolos a presentar una lucha feroz, asegurándoles que el dios de la guerra le ha comunicado que serán victoriosos. Los escuadrones de guerreros águila y jaguar, armados con lanzas, macanas, escudos y redes, se preparan para defender su ciudad hasta la muerte.
Cuauhtémoc recorre con la mirada las paredes del templo bañadas con la sangre de las ofrendas previas y recuerda con aversión la miasma negra que corre por las venas del enemigo. El tlatoani levanta la barbilla y desciende los escalones del templo mayor. Cada paso que da resuena al compás de los tambores de guerra.
Al llegar al pie, toma aire y se coloca al frente entre los aúllos y silbidos de su ejército. Levanta su espada de obsidiana al cielo desafiando a dioses y criaturas, listo para defender la gran Tenochtitlán. Sabe que hoy enfrentará no solo a Cortés, sino al destino mismo.
