Editorial

Los amores que he dejado ir XIX – Ernesto Adair Zepeda Villarreal

Los amores que he dejado ir XIX

Ernesto Adair Zepeda Villarreal

Fb: Ediciones Ave Azul X: @adairzv YT: Ediciones Ave Azul Ig: Adarkir

 

Era una chica adorable, delgada al estilo de la sangre de su tierra, morena, con el brío propio del impetuoso norte. De trato gentil, perspicaz, aunque recatada. La conocí en una época extravagante, sin que por ello sea menos significativa. Para mal del melodrama anecdótico, ambos estábamos embaucados en proto-relaciones que no concluirían en nada específico, pero que atravesamos por el gusto propio de los mártires. No nos exime de las heridas, ni de la contemplación mutua. Las historias adoptan las formas que les son precisas, y muchas veces es la amistad una extensión de los sentidos, genuina, propicia para el misterio de la tarde sombreada.

Jamás hubo más que la buena voluntad de coincidir, la sonrisa afable, el trato modesto pero cálido. Bastaba, era algo que se disfrutaba, que tendría sus bemoles. Sin embargo, pasados los años henos aquí escribiendo aquella reminiscencia del entonces, donde me era propicio admirarla en secreto por la impresión de sus gestos siempre alegres. No ahondo en aspiraciones conspirativas ni en posibilidades irresolutas, ahora que el tiempo nos ha puesto en las veredas adecuadas. Sólo es el goce de la memoria, el hacer volver de entre las líneas del papel (o monitor) pasajes de cofradía mutua. Pequeños bailes, el roce de su perfume contra mi cansado rostro, encendida la pupila en su dignidad intacta. Quizá hubo conversaciones que me llegaron intactas desde sus latitudes, confesiones a medias a través de terceros. Aunque la terquedad pudo más, convencido de que el puerto donde deseaba atracar las naves era el adecuado. Sólo las cenizas fueron remolcadas al mar tras el incendio, con esa nostalgia de quien contempla la cresta de las diáfanas en la distancia.

Me alegra, sin embargo. Porque he aprendido que la pasión muchas veces no requiere de la posesión, y mucho menos de la declaración tan desgastante de los motivos. A veces nos basta con salir a la ventana para ser testigos de aquello que nos causa la admiración, pero sin terminar de contaminarlo por nuestros hechos mutilados. El tal vez es un recordatorio que no alcanza a molestar, que calienta un extremo del pecho con pasajes nebulosos que se replican en un segundo plano de nuestro paso por el mundo. Allí la veo, esbelta como el tallo de las ramas que revientan sus corolas ante el invierno, tiritando con el corazón entre las manos. La veo como una virgen en lo alto del tapanco, rodeada de ortigas de cristal que deshebran la luz a lo largo de sus cabellos, acuñándose entre los dedos recogidos con la discreción de las musas. La veo también potente, regia, segura de que su pensamiento no tiene que ser correcto, mas es honesto, de que vale la pena ser pulcro, una sonrisa a la vez.

Más que la inexperta contemplación de quien descubre algo de gran valía, es la admiración de quien está de pie ante una fuerza de la naturaleza, una especie de deidad despojada de ritos funestos, tangible al tacto. Escribo reconstituyendo las conversaciones en el aire, con ese pequeño silencio que invitaba al indiscreto beso pese a cruzar las líneas permitidas, arrojar sobre la mesa una apuesta mayor al saldo disponible en los bolsillos. El puente no fue cruzado, se prendió fuego en otra quilla, luego el ritual de casualidades hizo de las suyas. No me arrepiento de ser testigo de esa magnitud, aunque sí de los modos reducidos de la valía. Los amores a los que no se les permite florecer también se hacen de su lugar dentro del cerebro, y salen a relucir alguna que otra vez que el ángulo de la mañana es el correcto, como aquella primera vez que la vi caminar entre vestigios de vapor, con la negra crin de su encanto barriendo el horizonte frente a mí.

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