Ladro luego escribo
La deshonra de los dioses
H. Samuelson
La superficie del río era negra, lustrosa, donde el resplandor de las estrellas parecía moverse con vida propia. En la ribera, Tetis miraba al cielo; aquel fulgor le evocaba el recuerdo ominoso de la infamia de los inmortales. Las aguas del río Estigia, el sagrado límite entre lo mortal y lo eterno, corrían tranquilas en la oscuridad.
Tetis murmuró una oración en un idioma desconocido para los hombres, rogando a las aguas que protegieran a su hijo. Bajó la mirada hacia el pequeño bulto que llevaba en los brazos, movió el delicado manto de algodón y descubrió la cara del niño. Aquiles abrió los ojos y la miró, inocente e inconsciente de su destino.
Los labios de Tetis temblaron. Su corazón estaba desgarrado entre el amor por su hijo, la inmensa tristeza de su condición mortal y la certeza de que moriría joven. Una amargura punzante, densa, nublaba su conciencia. Pensó en los dioses y los supo seres deleznables. ¿Cómo podía considerarlos de otra forma?
Aquellos que guiaron furtivamente al rey de los mirmidones hasta su lugar de descanso en la orilla del mar, fingiendo favorecerlo al concederle como esposa a la más bella de las ninfas, lo instruyeron para someterla. ¿Cómo definir ese acto si no como innoble? Obligarla contra su voluntad a casarse con un mortal, tras haber sido ultrajada.
“Cobardes”, pensó Tetis. Conspiraron para asegurarse de que su descendencia no fuera divina, sino débil como los hombres pues temían la profecía que afirmaba que su hijo sería más poderoso que el padre. Ella también era débil: incapaz de cambiar el destino de su hijo, incapaz de alterar su mortalidad. Aun así, lo intentaría. Haría todo lo posible para protegerlo. Haría todo para evitar el dolor de una eternidad sin él.
Se arrodilló junto al río, desenvolvió al bebé con delicadeza y el aire frío de la noche hizo que Aquiles emitiera un leve llanto. Con manos firmes pero tiernas, lo sostuvo del talón y lo sumergió despacio en las aguas heladas que poseían el poder de volverlo invulnerable.
Las corrientes acariciaron el cuerpo del niño, envolviéndolo como un sudario líquido. Su cuerpo mortal se volvió inmune al daño. Todo, excepto aquel pequeño vínculo en el que la divinidad sujetaba la mortalidad: el diminuto talón, símbolo perpetuo del destino inexorable.
Con el bebé envuelto nuevamente en sus brazos, Tetis abandonó el Estigia. Sus pies apenas dejaban huella en la orilla húmeda. En el horizonte, el primer destello del alba comenzaba a iluminar el mundo.
