La ridiculez de la posición política
Ernesto Adair Zepeda Villarreal
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Ni de religión, futbol o política se puede hablar sin salir de malas, herido o señalado. Hoy en día, los extremismos discursivos se han puesto de moda, sacralizando la homogeneidad y satanizando la disidencia. Así, al pletórico estilo de la guerra fría. Y mucho hay de ello en sus orígenes del sincretismo sectario. Sólo los semejantes son buenos, y los otros, malos. Independientemente de la circunstancia, o de los matices. Así, tanto derechas como izquierdas se acusan de fanatismo, señalando a los demás de ser pecadores fundamentalistas de la demencia. En ambos casos, parece, el centro se ha diluido, por ser un pecado de las medias tintas. Nada tan ajeno a la realidad, y con un costo tan alto. El movimiento vanguardista de la izquierda, especialmente la latinoamericana, se volcó a una insurrección antisistema que les concedió el poder, sólo para manifestar algunas de las peores caras de la corrupción, la inutilidad, la decadencia. La derecha ya lo había hecho, así que como dice la canción, “aquí no hay novedad”. Poco duró el encanto de estas calabazas convertidas en gobiernos.
La respuesta fue una ola contestataria, que vendría del ala opuesta, bajo consignas similares a las tradicionales, pero más violentas, agresivas, con un discurso muy estudiado en el desencanto y vacío de resultados. Así nació lo que llamamos la extrema derecha moderna, que es, en resumen, todo aquello que no es la izquierda ideologizada moderna. Quién se lo hubiera imaginado. Oh, pero sí lo había imaginado, y muchos filósofos, politólogos e intelectuales, hace más de una década. En algunos foros, ensayos y demás, se hablaba de ese backslash (reculeo, sería mejor) que habría de venir por los excesos discursivos. Y es que en el auge mundial de ese grupo de semi-anarquistas que han ido ganando poder, la explicación no es otra más que las debilidades manifestadas por el mal tino político. Y mucha ceguera, necedad, pedantería. La vieja derecha, la tradicional, se quedó corta en resultados. La izquierda mostró una abundante tendencia a criminalizar a todo aquello que no fuera su cauce político. Resultado: la juventud testaruda haciendo lo que siempre ha hecho, ir en contra del sistema.
En medio de todo ello, la impedida cualidad de ser moderado. Nadie debe ser moderado en un mundo polarizado, rezan en sus curules mediáticos, exponiendo a la peregrina población que poco le importan sus disputas a adoptar un bando que más se medio asemeje a sus creencias. Entonces, la violencia, creciente, de grupos que han sido orillados a ser agresivos (sin exculparlos), porque el mismo discurso que los señala es igual de violento. Pero eso no cuenta. El dinero está en el victimismo (el del Gobierno al menos), mientras la respuesta capitalista se acomoda en el poder del consumidor, y a mediano plazo, del votante; sí, ese terrible opresor que decide escuchar a quienes hablan de libertad en un contexto donde la mayoría se debe subyugar a las fantasías del grupito en poder. Esa no es una opinión, es el resultado discursivo de la suma de fuerzas, su choque, y su tendencia estabilizadora.
En la de mientras, las pequeñas cajas de eco que hemos erigido se acomodan a nuestra necesidad de grupo, de plantearnos que fuimos siempre los buenos de la historia, negando la evidencia de ser necesario. Señalando con gestos moralinos a los demás, ya que es evidente que esa verdad única e indiscutible es la nuestra. Algo así como una santa inquisición mediática alimentada por la ilusión de pensar que quien grita más alto tiene la razón.
