Editorial

En defensa de las musas – Ernesto Adair Zepeda Villarreal

En defensa de las musas

Ernesto Adair Zepeda Villarreal

Fb: Ediciones Ave Azul X: @adairzv YT: Ediciones Ave Azul Ig: Adarkir

En este capitalismo tardío que es la modernidad, según la nueva academia, disfrutamos de atomizar la sociedad para fabricar nuevas minorías explotables, ya sea por la política o por la mercadotecnia. Pero si hay un grupo de personas, que debido a una característica específica sobre la que no tienen control, que ha sufrido bastante a lo largo de la historia, esas son sin duda alguna las musas. Les debemos especial atención, y la más sentida disculpa. Colectiva e individual, porque las afrentas vienen de muchas y variadas direcciones. Las musas son aquellas personas, mayoritariamente mujeres, que sin deberla ni temerla, han sido objeto de distracción de algún artista; y tal vez otras áreas, a saber. Incautas, existen en su rutina, afrontando retos y problemas como quien más, para que de la nada algún fulano, mayormente, les venga a convertir en una especie de mito personalizado, Por fortuna, muchos de los miembros de este grupo no saben que han sido elevados a esa condición, así que pueden estar tranquilos. Algunas cuantas, no tienen esa fortuna.

Los artistas son especialmente ruidosos para seleccionar a un individuo para cargarlo de frutos y bisutería, con la ilusión de que el portento de su inteligencia, belleza o modales, quede retratado para la posteridad. O eso piensa el perpetrador, que acecha en silencio y modifica elementos capitales para cumplir con quien sabe qué fetiche del alma. Quien crea transforma, cierto, aunque no siempre para bien. Las musas, o tal vez los musos, se ven obligados a la transmutación, y a cargar sobre de ellos fantasías y despropósitos. Así, el poeta colma de adjetivos improbables en una piel embadurnada a la fuerza, haciendo bastiones en el aire en los que explica los motivos de su felicidad, de su belleza, de su propuesta entera. Otros, tal vez menos pretenciosos, cuando menos dejan que las imágenes hablen por sí mismas, retratando o recreando un atisbo de esas personas en un trozo de papel, arrancada en el mármol, o en materiales más modernos como la basura reciclada o la obra de un tercero intervenida (con mucha menor dignidad).

La musa sufre, pues, de las alucinaciones ontológicas de un extraño, normalmente, que le persigue inexpugnable para hacerla una forzada partícipe de su obra. A veces llega a salir bien, y se conmueve de aquellos gestos, y otras llega a salir de manera regular, en algún verso novedoso o la imagen compartida masivamente en redes sociales. Sin embargo, muchas otras son víctimas inocentes de los buenos modales, que agradecen el esperpento en que se les ha involucrado, temerosas de que esa impetuosa altanería se haga cotidiana. Tal vez las grandes musas de la historia del arte han tenido un poco de suerte, sin pensar que terminarían siendo un pedazo del futuro, extraído, ajeno por completo a su tiempo y contexto, a su realidad tangible, dolencias y deseos. Tal vez las grandes musas han evitado hacer ruido esperando que su admirador pase por una etapa, y que encuentre su fuente de inspiración en otra parte. Tal vez, incluso, algunas hayan agradecido el gesto honestamente, conmovidas por ese asalto inesperado en su tranquila juventud.

Yo, por mi parte, no me escapo de esa tradición de molestar personas inocentes, y escribo pensando en las personas que me rodean, ya sean cercanas o no, y que han dado pie a un grupo de palabras, que pueden arrinconar a otras, y otras más. Mis musas, mis musos, poca opinión han tenido al respecto. Aunque al menos, a la gran mayoría no los he perturbado para entregarles esos esperpentos que los invocan. Tal vez la casualidad algún día se los haga llegar, tal vez una profunda irreflexión me haga entregarlos. Nunca se sabe. Así como la belleza es súbita e inesperada, también lo es convertirse en fuente de inspiración de algún despistado. A las musas, por adelantado, les extiendo mis disculpas, al ser parte de un todo enrevesado y extraño, que he tenido la ocurrencia de llamar mi quehacer artístico. Espero que sepan perdonarme, y hallar en su respectiva obra, algo de consuelo ante la imperfección de quien las ha elaborado.

To Top