Editorial

El plagio – Ernesto Adair Zepeda Villarreal

El plagio

Ernesto Adair Zepeda Villarreal

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La RAE define el plagio, como derivación tardía del latín ‘plagium’ como la ‘acción de comprar o vender como esclavos a personas libres’, que a su vez proviene del griego ‘πλάγιος’, que es ‘oblicuo, trapacero, engañoso’. Modernamente, se define como la ‘acción y efecto de plagiar’; sinónimo de ‘copia, calco, remedo, reproducción, imitación’. ‘Plagiaré’ a su vez implica ‘robar esclavos’. El plagio se suele asociar directamente con el robo de una idea, mensaje o marco conceptual, protegido por el derecho de autor (o intelectual), que reconoce la autoría o propiedad de alguna cosa, incluso intangibles. En el caso del lenguaje, el plagio es hacer pasar por propias las ideas de alguien más, ya sea por simple incompetencia, o por vulgar y llana incapacidad de anotar las propias, si las hubiere. Ambos casos, no son cosas menores, aunque algún partidillo político y sus fieles así lo consideren por merca conveniencia.

El plagio literario es hacer pasar o presentar como propias las palabras de alguien más, a veces con el descaro del Ctrl+V y otras con la paráfrasis. Muchas obras son derivadas, y abrevan de alguna anterior, ya se mediante epígrafes, traslado o referencia. El problema es la falta de reconocimiento de la fuente original; y por lo normal también está normado. De ahí el desprecio al intento moderno de “intervenir” una obra (pictórica, escrita, arquitectónica), ya que implica la violación más directa de la ética del creador en pos de la barata adaptación para otro fin; o ponerles bigotes a las fotos de las revistas para sentirse realizado. También intervienen quienes parafrasean, a según, de manera que lusca ligeramente distinto del original. Ambos casos son patéticos intentos por usar las glorias ajenas para tratar de capitalizar las propias. En el mismo rango deberían estar las re-imaginaciones, las reinterpretaciones, las actualizaciones, y todos esos sinónimos que excusan la falta de originalidad y talento.

En el mundillo académico, además, es más severo, ya que una cita errática, la omisión de símbolos para citar, o la ambigüedad de quién, dónde y por qué dijo tal, son de hecho, una afrenta de gran descrédito. Plagiar implica violar los derechos intelectuales sobre una idea o texto, incluso propios; ya que las publicaciones, el editor, y sabe dios quienes tantos, también intervienen en el proceso de poner a disponibilidad un texto. La calidad es otro tema, si acaso es relevante. Poca educación hay en al arte de citar, pero más que nada es la prescripción de la ética profesional, artística, cristiana, de respetar al prójimo. O ingenuidad, que no exculpa en absoluto, al desconocer los lineamientos de revistas y marcos de investigación. Etc., etc., etc. Pero el plagio no es tan malo si es de tus amigos, según dice cierto escritor famosillo mexicano, o ciertos ministros cercanos del poder público. Ahí la máxima expresión de su capital importancia para proteger lo que es propio.

Hoy en día las bases de datos masivas ayudan a detectar de manera temprana el robo de derechos intelectuales, y paragógicamente ayudan también a violarlos; especialmente las AI interesadas con la información contenida en redes sociales o páginas indexadas. El plagio, así como el robo descarado, son parte de las dinámicas del día a día, en cientos de sectores de producción relacionados con el pensamiento humano. Porque, además, no reconocemos el derecho intelectual no humano, según ocurrió en algún célebre juicio de una fotografía tomada por un mono en la cámara de un tercero, sí humano. Aunque también da pie a un espacio más gris, donde se parte del plagio para construir, contrastar y crear una obra mayor. La diferencia no es sólo el mecanismo o la intención, sino la maestría práctica y demostrable, de quien ejecuta. También allí hay bandos, pero en todo caso demuestran el endeble reconocimiento del trabajo ajeno. Por cierto, nada tan capitalista como los derechos intelectuales, que anteponen la propiedad privada como su centro.

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