Los amores que he dejado ir XX
Ernesto Adair Zepeda Villarreal
Fb: Ediciones Ave Azul X: @adairzv YT: Ediciones Ave Azul Ig: Adarkir
Algunas historias no florecen porque somos muy obtusos de ver lo que hay delante, en el camino. O tal vez sea la falta de visión, el autodesprecio. O quizá la cerrazón provocada por consideraciones exógenas que poco deberían tener voto en el asunto, pero que terminan cediendo bajo su propio peso. Floral ella, dueña de una rebeldía estilística, rodeada del perfume de la poesía, creció en la belleza para rivalizar con ella. Mujer al fin, dueña de su encanto salvaje para tejer las redes más cautivadoras de su linaje. Y más adjetivos. Compartimos caminos no sólo por la casualidad, sino por el aprecio de la creación literaria, donde encontré un manantial fresco anidado en la inteligencia técnica de su oficio, tan lejano en apariencia del quehacer del artista; aunque incauta, porque no habría manera de que escapase del sello aquél que estaba incrustado en sus ojos.
Más la negación propia hizo de las suyas, inexperto ante la libertad femenina, de reconocer los causes en que se crece la corriente para dejarse arrastrar. Las oportunidades a veces llegan una sola vez en la vida, y parten con su tromba indiferentes ante los tibios. De eso sí me he arrepentido, puesta la fruta al alcance de la mano, aunque errática. Incapaz de dejarme envolver en la trama paradisiaca del ajetreo que supondría entregarse voluntariamente a la tormenta de su cuerpo encendido. Todo en ella era pasional, una demanda de la entrega más honesta para no ser consumido por el brillo de su corazón, sabia, majestuosa, como el pájaro envuelto en la brisa de las llamas. Su voz era la dulzura del canto aciago, sus palabras una estera afilada que despertaba del tedio, arrobada entre las centellas que delataban su perspicacia. El canto de la sirena llamó un par de veces a mi puerta, y yo, incrédulo y un tanto más estúpido, no supe distinguirlo entre la ofuscación de la rutina, la ponderación de lo insuficiente, afable con el fracaso.
Incluso estas palabras son una confesión cifrada de los momentos, de compartir la misma copa en patrias distintas, ingenuo en la certeza de que basta permanecer de pie contemplando. La pasión demanda la valía, y, por tanto, la acción, el acto revolucionario de dar un paso ante la llama para dejarse envolver por esta, amar los tizones debajo de los pies, satisfechos de que la espina de la rosa es tan bella por su potencia disimulada sobre la herida. Vital, joven, directa, es ella una encarnación de la voluntad de respirar a tajadas amplias el mundo que se ha de revelar en cada amanecer. Nosotros, los mediocres, poco merecemos de su favor, relegados como la espuma que se desvanece al tránsito de los navíos.
Quedan detrás las cartas de otros tiempos, promesas que no alcanzan a ser algo más que misivas dejadas dentro de botellones de grueso cristal, que tal vez alguno pueda descifrar como admonición de las demandas de la vitalidad, de las ofrendas requeridas al banquete de las maravillas, que una y otra vez nos merodean sin acabar de ser conscientes de aquello. Dejo unas palabras en el camino para indicar la ruta a otros que han de llegar, aunque no espero tanto de ellos. Ahora viejo, conmovido por los recuerdos, me regodeo en escritos que dan sus tumbos entre las gavetas, gritando por el aire que no se les ha sido concedido. Tal vez se prematuro afirmarlo, o saber, mas yacen allí como testimonios de aquellos aires que fueron compartidos, de aquella cicuta que escurría de sus labios carmesí invitando a ser bebida. Algunas palabras son el remanente de la cobardía, el sueño a medias de pensar en las posibilidades para las que no tuvimos el valor adecuado, y que están expuestas como una mano de cartas con el destino inscrito en transversales líneas hacia los dedos. Ella, esplendorosa, vibra a su tiempo, acallando la tormenta que deja entrever la pintura que es el lienzo de su cuerpo.
