Martín Radamanthys
I
Hubo una vez una duda
y en esa duda fuimos inventados los Hombres.
Nos soñaba en aquellos tiempos
cuando soñar era hacer explosiones.
Él, pensó
– ¿Y, si llamo desequilibrio a éste árbol de signos que nació en mi mente?
¿Y, si me golpeo bien fuerte hasta sangrar y coleccionar heridas?
Y el cobarde, nos llamó Hombres,
más no heridas.
Luego el Sol;
luego un ruego desesperado que se nos fue perdiendo en el espacio;
luego los colores que desconocemos,
enterrados junto con las semillas del Árbol que, cuando crezca y sea como el Amor, destruirá con sus ramas
todo esto
que sigue buscando sentido.
El árbol es tus arterias
espesas nubes
llenas de sangre
cubrenos,
gritamos,
¡la herida!
¿Qué es la herida, la maldita herida?
¿Qué es mí mente
de noche? La noche
cuando subí al cielo
y te bajé la estrella más hermosa de todas,
¡Mirála, aquí tengo su cadáver!
