landless- in the limbo
Ernesto Adair Zepeda Villarreal
Fb: Ediciones Ave Azul X: @adairzv YT: Ediciones Ave Azul Ig: Adarkir
El limbo, según Dante, era un sitio gris, especial para castigar y no, a los pecadores. En la doctrina católica, el limbo está destinado para todos aquellos que nacieron antes de saber le verdad única e indiscutible de Yahveh (e hijo), y para los nacidos no bautizados; porque el pecado es ese, no saber. Así, el limbo ha quedado en nuestro imaginario como un sitio neutro, vacío, indeciso. No son buenos, pero tampoco malos, así que porqué preocuparse por ellos; porque el purgatorio si tiene club de fans, y oraciones y hasta veladoras especializadas. Algo así pasa con las personas sin tierra, los llamados landless en inglés, porque así suena más mejor. Los sin tierra son definidos en la economía política medio izquierdista latinoamericana, puf, como aquellos campesinos que no tienen tierra. Y no la tienen, por el motivo que sea: despojo, falta de recursos, cambios demográficos, yo qué sé. Sin embargo, existe, están allí, como peones o como rentistas. Es decir, el sueño del reparto agrario no se cumplió para todos, para variar.
Estas personas trabajan parcelas de otros, ya sea como oferentes de mano de obra, o bien como alquiladores del capital de otros (vaya sucios capitalistas campesinos que se atreven a tener parcelas que no trabajan). Pero más allá de la bizantina discusión de su naturaleza, el problema mayor, a mi humilde parecer, es su inexistencia oficial. No hay registros, listas, organizaciones, jubileos ni partidos políticos que aborden este problema. No sabemos quiénes son, cuántos son, dónde están. Por qué, sería la pregunta. La respuesta: porque a nadie parecen importarle lo suficiente. Algunos esfuerzos se han hecho en algunas latitudes para extender la dotación de tierras, para transformar tierras baldías o basureros en comunidades organizadas. La mayoría, lo han hecho por su cuenta, a la fuerza, o con complicados trámites burocráticos.
El otro lado de la moneda son las invasiones, el robo de tierras y casas por grupos organizados que enarbolan un discurso marxista de desposesión para agenciarse propiedades una tras otra. Problema que no debe ser tratado a la ligera tampoco. Pero los sin tierra merecen un sitio especial en la discusión agraria, en el desarrollo comunitario. Llegaron allí por nacer a destiempo, por ser de una casta específica, o por caprichos de los límites físicos de la naturaleza. Al mismo tiempo tenemos parcelas ociosas, abandonadas (ya sea por la vejez, la violencia del crimen organizado, o la apatía). Volvemos a Dante, el limbo está bien así, sin preocuparnos, no son buenos ni malos, sólo tuvieron el infortunio de nacer en el momento equivocado. Al final resultó que la tierra no era de quien la trabajaban, ni mucho menos de quien le podría dar mejor uso.
Al mismo tiempo, el fantasma del despojo se hace presente, presionando a quienes han heredado la tierra, pero ya no la ejercen. ¿Se han vuelto los malos por sus condiciones etarias, por los cambios económicos, por impulsar a sus hijos más allá de esa vida tan difícil? Habrá quienes digan una u otra cosa según sus venias personales. En la de mientras, el anonimato forzado, la opaca contabilidad oficial, el derecho negado a ser reconocidos como parte del paisaje, ya sea porque contraviene ideales heredados, o por la practicidad de que su problema es la cerrazón para ejercer algo que no están técnicamente posibilitados de hacer a falta de recursos específicos. Tal vez deberíamos hacer un esfuerzo adicional por ahondar en esa categoría difusa, entender sus motivos, sus necesidades, para vislumbrar un rescoldo incompleto del pasado o la necesidad de permanecer en su sitio donde vagan como desencarnados espectros. Pero están allí, se los aseguro, labrando con sus transparentes herramientas una tierra que no es pródiga más que a los reclamos que quedaron de otra época.
