Editorial

EL ESPEJO Y EL SILENCIO – Alberto Hernández

Crónicas del Olvido
EL ESPEJO Y EL SILENCIO
                                                                                                               
-Alberto Hernández-
Hace casi once años, en medio de tribulaciones y huidas hacia todos los paraísos perdidos, tracé parte de una espiritualidad en un texto que hoy reviso sin que algún cambio le quite desvíos o afanes. Asistido por la fuerza de la mala memoria, nos integramos a la orilla de muchas sombras, y allí, desalojados, volvemos al mismo desierto. Por eso, entonces, me rescribo:
I
Somos un largo monólogo. Herederos de la intemperancia, del sudor del tiempo, de Virginia Woolf, Guillermo Meneses, Enrique Bernardo Núñez, Eugenio Montejo, Rafael Cadenas, Jorge Luis Borges, John Dos Pasos, las conversaciones de sobremesa y los cuentos aligerados por el eco del pasado, retomamos a diario el sonido que no deja de pertenecernos. En este silabeo con la memoria y la muerte rehacemos, a través de un imaginario oculto, la otra vida, la que no tiene que ver con los horarios, con los tropiezos de la calle, con la maldición de los discursos de académicos y políticos del momento.
Pero también somos herederos de la quietud, de la mirada puesta en la más placentera contemplación: el silencio.
Hacia un silencio largo nos dirigimos, pero de antemano sabemos del que nos atenaza la existencia como un barco anclado que despide los olores de la travesía.
Somos responsables de nuestros silencios. Desde ese espacio íntimo y permisivo traemos los sonidos ocultos, esos paisajes que deambulan por la sangre.
Nuestras voces, las que poseo y atesoro y pierdo, están colmadas de silencio. Cada poema, cada estrato, cirro o texto que recorra la miseria que llevamos a cuestas, le imprimen al olvido el silencio más latente.
II
Un día me vi en un texto. El espejo de la casa, manchado por la desolación de un azogue vencido, sólo reflejaba una pequeña luz que desaparecía a pesar de la poca y corta vida. Y es que ese texto/ espejo, esa Alicia desmaravillada, era una convocatoria a todos los fantasmas de la niñez, de aquellas lecturas que un padre marchito y feliz nos entregaba con la fuerza de una afición alejada de cualquier cuestionamiento.
Entonces la vida se nos hizo más larga. Los libros, los cuentos pasados por agua tibia, los dolores de muelas, el asma bronquial y tropical, los senderos hacia el más nunca y los primeros besos a escondidas, procuraron la permanencia de un duende extraordinario, la literatura, una pasión que muerde y estropicia.
                                                                               I
II
Pasión de la literatura. La “de”, preposición que nos acerca al sentido de una pertenencia abstracta, es el rigor por estar en ella, desde una protagónica opacidad hasta la simpleza de ser un curioso amargado. Pasión “por” la literatura, dirigir la mirada a una geografía espiritual que nos lleva por delante, intocada, sólo vista desde una lejanía silenciosa. Nos apasionamos cuando perdemos la inocencia, o cuando aparece una inocencia distinta, quieta, morigerada por la fantasía. Pasión “en” la literatura, presencia interiormente disímil que nos somete a ser el fondo de ella misma, con ella y para ella, sin dejar de desafiar los cánones de todo el universo escrito. Estas tres versiones de una misma vida nos indican que la literatura, el acto borgeano de leer, y la acción aventurera de escribir, son instantes que registran una existencia vacía o prolífica. La literatura puede ser una gran ausencia. El texto –a veces- deja de ser espejo.
(07-12-2005)
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