Editorial

Ladro luego escribo

Ladro luego escribo

AM 498

Diego de la mañana

Diego Benlliure

escribe@malixeditores.com

—Yo volé con él apenas un mes antes.

Al calor del mezcal, la lluvia había escampado y el atardecer era tibio para la estación en la isla de Cozumel. El anciano capitán Suárez continuó para sus dos amigos:

—Yo todavía era primer oficial. Cuando volví del reconocimiento exterior, medio alcancé a escuchar que la jefa de sobrecargos le decía en tono íntimo que había olvidado algo, algo rosa. No era asunto mío y no le di importancia, pero Valdés se puso pálido y no dijo palabra durante todo el vuelo, más allá de las comunicaciones obligadas. Puede que la memoria me falle, esto fue en el ‘86, pero, en cuanto aterrizamos en Tampico, avisó a Aeroméxico que no iba a seguir hasta San Antonio, pidió un reemplazo y buscó un vuelo para regresar a Guadalajara inmediatamente. No volvimos a volar juntos. Poco después me lo encontré en el aeropuerto de Mexicali, estaba completamente demacrado y había perdido la alegría. Ya saben cómo era: siempre tenía un chiste nuevo bajo la manga o estaba presumiendo de Lupita y sus tres hijos. Había envejecido diez años en tres semanas. “¡Qué jodido te veo, compadre! ¿Qué tienes?”, le pregunté. “Nada, compadre, una pinche gripa”. Una semana después sucedió lo de Cerritos. Aunque fue la avioneta la que violó el espacio aéreo, uno podría pensar que Valdesito había propiciado su mala suerte: el repentino abandono del vuelo en Tampico hizo que cambiaran sus itinerarios subsecuentes, poniéndolo al mando del vuelo 498.

Un manto de silencio cayó sobre los tres antiguos compañeros de preparatoria. No se habían vuelto a ver desde el funeral, treinta y cinco años atrás, como si el cuarto mosquetero hubiese sido el pegamento de su amistad.

—Yo era su abogado —dijo Sandoval.

La voz emergió bajo un impecable sombrero Panamá, un poco cascada, pero con la columna de aire todavía firme. Al que todos apodaban “la chilindrina” prosiguió:

—Por no encontrar conexiones le tomó veinticuatro horas llegar a Guadalajara desde Tampico. Su casa de la Colonia Americana estaba completamente vacía. Solo había dos cosas: el cuadro horrible del niño llorando, ¿se acuerdan? —Una mal contenida risa burlona se escapó de las gargantas de los otros dos—, ese pinche cuadro feo que él odiaba y un estropajo rosa en la repisa de la regadera.

Se miraron con los ojos muy abiertos. Nadie dijo nada más, hasta que una mujer de mediana edad apareció a sus espaldas rompiendo el silencio como una carcajada en un entierro.

—Se los van a comer los moscos. Les traje una vela de citronela. Papá, ¿quieres que les prenda la luz?

—Gracias, m’hija —contestó el capitán Suárez— nada más la vela, así no tengo que verles las arrugas de la cara a estos señores; me da pena verlos tan viejitos.

Hacía rato que se había metido el sol y las nubes lejanas se teñían de sangre en el horizonte. En la terraza, tres pares de anteojos dorados flotaban iluminados por la suave flama, como polillas nocturnas. Sandoval rellenó los caballitos de mezcal y los tres hicieron un silencioso brindis con un gesto suave de la mano. Besaron sus bebidas ceremoniosamente, completando el ritual con naranjas y sal de gusano, hasta que una voz, que había permanecido oculta, trajo de vuelta a las mentes que habían huido en direcciones divergentes, y las ancló con su tono cálido y suave de tenor:

—El estropajo rosa era mío.

Por un momento, pareció que los otros dos no entendían de qué hablaba.

—El estropajo rosa era mío —repitió acentuando la última palabra la voz que asociaban a Pedro o al arquitecto Aguirre, según la ocasión—. Yo lo olvidé en su casa.

Hizo una pausa para dejar que los pensamientos de sus compañeros recuperaran el hilo del relato, paladeando la confesión que iba a salir de sus labios. Ya no había nada que perder.

—Valdés y yo éramos amantes desde muy jóvenes, pero la atmósfera de Guadalajara era demasiado sofocante y Valdés no estaba dispuesto a asumir el costo social de nuestra relación; por eso decidí irme a estudiar arquitectura a UCLA.

El licenciado Sandoval carraspeó en un esfuerzo por ocultar la incomodidad que sentía, la reunión de los viejos amigos había tomado un cariz inesperado. El capitán Suárez dio otro trago a su mezcal calculando sus posibles reacciones ante la nueva información, decantándose por permanecer inmóvil, como un animal alerta que percibe un cambio de olor en la brisa. La humedad había vuelto pesada la atmósfera de la noche, perlando sus frentes y entorpeciendo ligeramente el ritmo de su respiración, que se había acelerado por el vuelco que habían dado sus corazones.

—Lupita se había ido con los niños a pasar el fin de semana largo con sus papás en Vallarta —continuó Aguirre—. Yo había venido de Los Ángeles para aprovechar el momento. Llevábamos meses sin vernos y, la última noche, en lugar de ir a mi hotel, Valdés insistió en que la pasáramos en su casa. No les tengo que explicar el tamaño de la estupidez. Todo estaba mal: mancillar su lecho conyugal, el riesgo de que murmuraran los vecinos o, como finalmente sucedió, dejar alguna evidencia. Durante esos días idílicos, me dijo que quería dejar a Lupita e irse a vivir conmigo; hasta hicimos el pacto de que nos mudaríamos a San Francisco, donde estaríamos a salvo de todas las habladurías. Supongo que pasar la noche en su cama era el último y estrambótico desafío a su matrimonio. Estaba feliz e ilusionado como nunca lo había visto, y para mí era la consecución de un sueño tan largamente pospuesto que parecía imposible. Fue en el taxi, por la mañana, después de un fin de semana de promesas de amor eterno, cuando me di cuenta de mi descuido. Lupita llegaría en unas horas y Valdés estaba por volar a San Antonio. Desde un teléfono público llamé desesperado a la oficina de Aeroméxico en el aeropuerto, pero solo conseguí hablar con la jefa de sobrecargos asignada al vuelo. No me quedó más remedio que suplicarle que pasara mi mensaje al capitán sin hacer más preguntas. Como saben, Valdés llegó demasiado tarde. Yo tuve que volar esa misma noche a Los Ángeles por asuntos urgentes de trabajo y me quedé con el corazón en un puño. Pasaron cuatro días sin que me contestara el teléfono, y cuándo al fin lo hizo, me dijo que no quería volver a verme, que su desgracia era mi culpa; que había visto la luz en Cristo y que mi degeneración lo había pervertido y llevado a las puertas del infierno. Colgó y jamás pude hablar con él de nuevo.

Pedro Aguirre se levantó de la silla, saliendo de la tenue esfera de luz.

—Con su permiso, caballeros. —Se deslizó entre las sombras hacia el interior de la casa, el sonido de sus pasos oculto tras el rumor incesante de las chicharras.

—¿Tú sabías de esto, licenciado? —inquirió el capitán Suárez cuando sintió que se habían quedado solos.

—Se sabía desde Zapopan hasta Tlaquepaque —se justificó Sandoval—. Era la comidilla de la high tapatía. Lupita también lo sabía, pero no decía nada para evitar el escándalo. El dichoso estropajo fue un pretexto, una salida honrosa. A fin de cuentas, ella también tenía un amorío…

—Contigo—interrumpió tranquilamente el expiloto.

Las chicharras hicieron silencio. En ese preciso instante, en algún lugar del planeta se descorrió un velo, se rompió un himen, hubo un alumbramiento, un último suspiro y un elefante soñó con un río infinito.

—No me juzgue, mi capitán. Para eso está Dios —murmuró el abogado.

—¿Y si Dios no existe? —La voz del arquitecto Aguirre sonó sorprendentemente cerca; se había quedado sentado en los escalones que conducían al interior, a cobijo de la oscuridad.

El cielo se había encapotado y no había estrellas, pero no volvería a llover hasta el día siguiente.

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