Los amores que he dejado ir: XXII
Ernesto Adair Zepeda Villarreal
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Sucedió entonces en la primavera de mi vida, como un cliché de la mocedad, que hubo una profesora. No es importante ni el nombre ni los detalles, ya que no es el motivo de lo que se busca plasmar en este registro. Era de piel apiñonada, delgada, con el cabello quebrado recortado al hombro, con esas cicatrices que van reafirmando la edad. Adolescente, al descubrir el mundo y sus complejidades, me llamaba la atención en lo particular, no en lo general. Me explico, no sin cierta vergüenza. Poco en ella llega a mis recuerdos, más que la geografía de su figura. Pero no el fetiche común de las piernas o los pechos, sino la acentuada manera de sus labios. Recatada, oficiosa a sus labores, repetía palabras en un idioma extranjero, expedía pruebas y subrayaba las páginas fotocopiadas de los libros de trabajo.
Adolescente es sinónimo de inexperto, y más aún de impertinencia, de burdo, de distraído. Pasaba la mayoría de las clases respondiendo vagamente lo que recordaba de días previos, con un esfuerzo exiguo. Pero su horario, ansiado, era un oasis entre el cansancio del verano anticipado. No era amor, ni el romance audaz de la edad. Sino la obsesión evidente por la especificidad de su corporeidad. Tampoco se trataba de la desenfrenada búsqueda del erotismo atisbado en su perfume. Mera contemplación, bucólica, sobre esa forma alargada que despertaba la curiosidad. Claro que alguna fantasía hubo, pero eran pocas. El goce era estético, mirar de soslayo cada detalle en esa región tan imperiosa, cobijada por el claroscuro del brillante sol que se adentraba por las ventanas.
Tampoco trascendió a más. No es una de esas historias de autoglorificación donde el recién descubierto don Juan se consagra como un versado jugador del tablero del amor. Sólo el recuerdo de un voyerista consumado que ha hecho de la observación un capricho para su extensión del arte. Las palabras se acomodan a la silueta de lo que nombran hasta que lo traen de nuevo, lo reconstituye en el aire. Aunque no se me malinterprete, no es un ejercicio de cosificación, ni mucho menos una estrategia de la peculiar vejez en que comenzamos a desarrollar ofuscaciones selectivas. Escribo por la fascinación de los detalles que preserva la memoria, raída en lo general, pero exacta en algún par de detalles. Era la mujer completa coronada por el pormenor, no un maniquí sin rostro ni voluntad. La estética que suponía su lento transitar de un extremo del otro del salón sosteniendo las páginas de la lección con voluntad. Heroica, perfecta.
Lo demás es un misterio, el olvido apuntalado entre los días de años que se desbarrancan unos encima de otros, a donde van a parar la mayoría de los pensamientos. Pero ella se mantiene allí, radiante, con la alevosía de la inmadurez que entonces fui, centrada en aquella cautivadora estampa que era su entidad desplazándose ante la mirada como un mirlo de vahó con las alas abiertas.
