Ladro luego escribo
Carta a J. Cortazar
Verónica García
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Querido Julio:
Recibí su carta en el preludio de la tarde, minutos antes de que la torre iluminara la ciudad. He de confesarle que el nerviosismo por leerla me obligó a servirme una copa de vino. Llamó por demás mi atención la aguda inclinación de su firma en la esquina del sobre (rasgo común que denota nostalgia). He de decirle que me preocupé y la abrí antes de que la noche sombrera la exquisitez de sus palabras.
Lo pienso a diario, en mis paseos solitarios por el Sena y en los otoños marrones de París. En cuanto a mí se refiere, sigo alojada en el Ritz, sin la intimidad que brinda el hogar y a la expectativa de tropezar con el amor.
Imagino se enteró del lamentable incendio en Notre Dame, no dejo de pensar que la hipocresía de los feligreses enardeció a Dios y no hubo manera de contener las flamas.
Los meses han sucedido lento desde nuestra despedida, con el fastidio propio de la rutina y el dolor tenaz de su recuerdo.
Por supuesto que conservo con ternura enferma el pulóver que me regaló y me entusiasma sobremanera saber que pronto lo veré.
He de advertirle que poco he cambiado, sigo siendo la misma mujer testaruda, y complicada de querer que alguna vez besó, con la diferencia de que los años me han convertido en un vestigio brusco de tristeza que se alimenta de café y cigarrillos.
Deseosa estoy de tenerlo frente a mí querido amigo y con el respeto que usted me merece, debo advertirle, que esta vez no pienso malgastar la oportunidad para decirle al oído que lo amo.
Su fiel amada
Berenice
