Editorial

Una Tarde Cualquiera – Erika Mitzunaga

Ladro luego escribo

Una Tarde Cualquiera

Erika Mitzunaga

escribe@malixeditores.com

Compró limas y café de Colombia, los aromas inundaban el coche acompañándonos en el trayecto de regreso a la ciudad. Habíamos hablado tanto, que agradecí el silencio, ese que lo invade todo, me sentía bien, casi feliz.

Conocí a Juan en la explanada de la facultad de ingeniería mientras buscaba a un amigo. Escaneé el lugar con la mirada; las aulas, los pasillos e incluso el estanquillo de café, hasta que finalmente nuestros ojos se encontraron. Ese día me sentía guapa, estrenaba unos jeans con aplicaciones de piel. En una conversación de menos de dos minutos, supe que era arquitecto, daba clases en la uni y me invitaba a tomar un café. Acepté.

Fuimos a un Konditori de Sudermann, no recuerdo de que hablamos, quizá un poco de todo; el país, el terremoto, las clases, mis planes, no importó, las palabras eran ruido que inundaban el lugar, incluso innecesarias, solo recuerdo que me contó que había vivido en un ashram por dos años, y que después estuvo hospitalizado varios meses. Lo vi algunas veces más y luego, nada.

La escuela, las tareas y el protocolo de tesis deberían haberme mantenido lo suficientemente ocupada como para no pensar en él, sin embargo, no podía sacármelo de la cabeza. Tenía tantas preguntas que hacerle, tantas ganas de saber más. Nunca alguien había irrumpido en mi vida de esa manera. Llegaba y lo trastornaba todo, por miedo a no romper ese equilibrio me quedaba con mil dudas. ¿Era casado? ¿Qué edad tenía? ¿Qué quería de mí? ¿Por qué desaparecía por meses?

Un día me preguntó si conocía Tepoztlán, le dije que no, mentí. Me recogió un sábado en la mañana, visitamos la iglesia y me invitó a comer. Esa tarde sentada en los quicios del convento se quedaría en mi memoria por años, los paisajes parecían sacados de los libros de texto de primaria, con sus colinas verde pálido y sus casitas de adobe. Juan habló, yo no. Me contó de sus hermanas, la mayor, se había casado con alguien con dinero y él les estaba construyendo una casa en algún club de golf de la ciudad. La otra, la otra, era distinta, vivía su vida sin reglas, tratando de no seguir los estereotipos de su familia. Profundizó mucho en el tema, pero no logré comprenderlo del todo. Solo deseaba que él viera en mí, a esa mujer que rompía esquemas. “Hoy, al recordarlo, no puedo evitar sonreír; nada más alejado a la realidad”

El olor de las limas, el aroma del café y el arrullo del motor en movimiento me adormecieron, ya casi llegando a la ciudad, y camino a mi casa, medio adormilada y sin pensarlo le pregunté si era casado, me dijo que no, mintió. Juan rondaba los cuarenta, yo tenía veintidós, y agregó que se había separado recientemente, que tenía dos niños.

Se hizo un silencio y oí un sutil crujido que resonó en mi interior, apenas perceptible pero indudable, me dolía todo. En ese momento, me dije: ¿por qué preguntar lo que ya sabemos?

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