Poesía e infancia
Ernesto Adair Zepeda Villarreal
Fb: Ediciones Ave Azul X: @adairzv YT: Ediciones Ave Azul Ig: Adarkir
Ah, los niños. Nada tan terriblemente caótico, y a la vez refrescante. Los viejos nos irritamos sobremanera con los más jóvenes al vernos reflejados en su ingenuidad, aunque arrastrados por el amargo asiento de los años; y tal vez la plástica que aún les pertenece en cuerpo y alma. Aunque también nos ofrecen soleadas obleas de lucidez desde su desenfado. Así, tratar de explicar lo que es la poesía a un grupo de infantes, de por sí ya bastante desatinado como para ser algo serio, evidencia el dilema de la terrible autoimportancia. Hablamos, escribimos, tal vez pintemos, sí, como un instrumento para propiciar la comunicación. Eso hace el arte, decimos, conectar puentes, unir distancias, salvar ideologías. Aunque no es tan claro dónde empieza el ensayado discurso de la bondad y donde se entrevera con los más genuinos tropos de nuestra conciencia colectivizada.
Así estaba yo rodeado por un pequeño escuadrón en las actividades de verano del Centro Cultural José María Morelos, en Ecatepec, improvisando un pequeño taller sobre poesía e infancia. Improvisado, debido a que se esperaba otra audiencia, más madura, a la cual aburrir con peroratas unilaterales y crípticas referencias. En fin, el caos. Y la juventud. Y lo imprevisible. Y tal vez la resonancia de cada variable indiscreta que lleva a que la ejecución final del histrión se revele incluso a sí mismo en la última de las escenas. Palabras más, palabras menos, el fluir de lo incontenible. Aquellos infantes tan alejados de las pesadas citas históricas, de las listas de lectura forzada del colegio, del papel de la decencia ante el ponente, escuchaban con atención el burdo intento de hacer florecer la espiga de la poética ante ellos. No por ego, sino por convicción. ¿De qué sirve un mensajero que es incapaz de transmitir aquello que se le ha sido encargado como destino manifiesto? Un aburrido aparato de Golberg en el mejor de los casos.
No obstante, acontece. La palabra rebota entre las vetas de los muebles hasta lograr colar por los oídos. Entonces sucede el milagro de la transmutación del mensaje crudo en un destello, breve tal vez, pero intenso. De un grupo, descontando a sus supervisores, tal vez aquella senda sea abierta ante los ojos de uno o dos, quienes contemplan el espacio entre ellos y yo sin distinguir que hay otra cosa de por medio; que es apenas poco relevante la sala, o el expositor, o la tertulia siquiera. Ante ellos acontece un pequeño milagro improbable de pasar desapercibido. Me veo reflejado en el fulgor de sus pupilas, en la sangre acumulada en las mejillas, como aquella primera vez, tantos eones atrás, cuando el sonido instaló su estruendo junto a mis pensamientos.
Tal vez la poesía no sea dócil, aunque es mansa para aquellas manos dispuestas a tomar para sí las espinas, incluso sin saber aquello ante lo que están parados. No se enseña poesía con un manual cansino de vejestorios condecorados (o no siempre), sino a través del roce directo de su volátil materia con nosotros mismos. Aquellos niños tal vez escucharon alguna que otra palabra, quizá se lleven para ellos alguna enseñanza, o incluso, tal vez, algún día, se sorprendan de la potente llama decantada entre juegos y música desde las pequeñas ascuas de sus pechos. Quien sabe. La escritura es opcional.
