Editorial

Fiesta 500 – Erika Mitzunaga

Ladro luego escribo

Fiesta 500

Erika Mitzunaga

escribe@malixeditores.com

Eran las siete de la tarde, Laura y yo estábamos a punto de salir de la oficina, el día había concluido para nosotras. Sonó el teléfono, el director general nos pidió que bajáramos al lobby bar. Eso hicimos.

Estaba eufórico, el equipo de ventas cerró un grupo back to back para el hotel, precisamente en un valle donde se requería subir la ocupación. Pidió champaña y brindamos sentados en una esquina del lobby, donde con frecuencia él y el comité ejecutivo se reunían, la vista de la piscina y el mar era espectacular.

De manera cautelosa y sin desear interrumpir, pero con la certeza de que debía transmitir el mensaje, el capitán de meseros se acercó al Sr. Álvarez, Laura y yo vimos cómo su semblante pasó en segundos del júbilo al horror. Nos pidió que le esperásemos y se levantó para hacer algunas llamadas. El capitán nos compartió que la operadora había recibido un código “fiesta 500”. Nos quedamos sin palabras.

El Sr. Álvarez regresó y nos comentó que le marcó al jefe de la policía.  El presidente municipal, con el que él tenía una estrecha relación, estaba en camino. Vendría un escuadrón especial para identificar si se trataba de una falsa alarma, o si efectivamente, alguien había plantado una bomba en el hotel. Algunos miembros del comité ejecutivo, que aún se encontraban trabajando bajaron. Entre todos y esperando las indicaciones de la policía decidirían si evacuaban o no a los huéspedes. Era una situación inusitada que más parecía una broma que otra cosa, pero Álvarez de origen colombiano, se tomaba esto con gran seriedad.

En el motor lobby recibimos al jefe de la policía y al comandante del Batallón 64 del ejército, poco tiempo después se apersonaba el alcalde. Con equipo táctico recorrieron áreas de albercas, y pasillos principales, era impensable revisar las más de seiscientas habitaciones.  Un pequeño circulo alrededor del director conocía del tema, los demás colaboradores algo suponían. A los huéspedes, no se les informó.

Pasaban los minutos, Álvarez, tomaba fernet sentado en su rincón favorito, con la cara más descompuesta que jamás le vi.  El ejército y la policía hacían su trabajo, nosotros atrapados entre el miedo y la incertidumbre, esperábamos.

Una hora más tarde, el jefe de la policía nos informó que no se había encontrado nada, el presidente municipal recomendó no evacuar, comentó que hacía unos meses un hecho similar había sucedido en una discoteca del centro vacacional. Álvarez, todavía abrumado por los horrores vividos en su país natal, vacilaba. Con dificultad, despidió al Dr. Contreras mientras el equipo táctico se retiraba.

Para nosotras la pesadilla había terminado. El gerente nos pidió que nos quedásemos un rato más, pedimos otra copa. De repente lo vi, fui yo la primera en notarlo, un pequeño maletín, muy discreto, pero totalmente ajeno al lugar se encontraba debajo del sillón del director general. Con el corazón latiendo a mil por hora, me levanté bajo el pretexto de ir al baño y caminé hacia el estacionamiento. Ahí estaba… tic tac. Pensé en decírselo a Laura, pero solo lo pensé.

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