LOS ÁNGELES HARAPIENTOS
Eugenio Valle Molina
Un grupo de paupérrimos entes
Estudio sobre Los ángeles harapientos de Eugenio Valle Molina
1999-2019
Adrián Lara
Ciudad de México. Junio de 2019.
Existen poetas que narran los hechos de sus vidas de formas misteriosas. Los hay también que sólo la poesía es su motor y olvidan sus pasados y lugares de origen. Gran parte de estos pensadores se concentran en preguntarse arduamente cómo y por qué debemos existir. De esta manera, los que plasman sus vivencias con deseos de ser visitados están ahí, esperando ansiosamente que toquen a sus puertas y que la conversación sobre la vida se haga presente. Para ser precisos, el poeta está buscando dialogar con su mente, su alma y sus recuerdos, puesto que alza las manos y mira el porvenir, baja la vista y atisba el pasado, levanta la cara y es entonces que despide de sus ojos la pasión por la poesía. Y cuando esas pasiones son esenciales, entonces los versos, las rimas y los ritmos mueven senderos iluminados por desgracias, pobrezas y llantos. Existe un conjunto de poemas que almacena la cotidianeidad, el deseo, el desamor y las muchas veces esperadas cartas por saber que hay esperanza. Este conjunto lo protagonizan, además de todos los hombres que en uno ven la oscuridad, los místicos seres que son ciervos en la corte de los divinos redentores. Este grupo de siete cánticos a la desazón se titula, irónicamente, Los ángeles harapientos (1999) y fue escrito por Eugenio Valle Molina (1973), quien se ha imaginado todo este filosófico acontecer de dualidades con visiones hasta cierto punto siniestras, donde los seres celestiales y los hombres convergen en un acuerdo mutuo: quién se despide y quién sobrevive ante las desgracias de la vida.
La obra de este poeta poblano está colmada de nostalgia por su pueblo natal Cuetzalan, así como de imágenes con aromas de frutas frescas, lluvias que ennoblecen la tierra, escaramuzas que se divisan sobre las rojas montañas, recuerdos de amores que se tornan prístinos y alabanzas al género femenino e idealización del cuerpo compañero. En sus poemas y haikús, hay tradiciones que sus habitantes jamás pueden olvidar. En esas tradiciones, los cantos que enuncian las riquezas del frío pueblo aumentan su intensidad con los recuerdos familiares y las compañías que se hacen indispensables en su acto de escritura: sus hermanas, sus padres, los paseos por las calles empedradas y las reuniones consigo mismo para saborear el café de todas horas… Sin embargo en Los ángeles harapientos, obra que fue concebida como un póster en su primera edición debido a su tamaño, las inquietudes trazan estelas que originan lastimeros parajes de tristeza. Cada una de las siete partes que conforman este poema dedican sus versos a diferentes situaciones, tales como el nacimiento y porvenir del mismo poeta, sus angustias por conocer el final de sus días, el doloroso desprendimiento de la tierra que lo vio nacer para encontrar soluciones a sus problemas físicos y elementales, así como un deseo eclipsado por querer y ser querido luego de cambiar sus rumbos por otros más ajenos.
Es atrevido pensar que el poeta se ha personificado en la concepción del llamado ángel harapiento, protagonista omnisciente en cada poema; aunque decodificando determinados versos, es posible prever que hay mucha de su esencia en los seres desaliñados. Si no es de manera directa, los ángeles que participan activamente en el poemario son sombras o fantasmas que le han acompañado en los momentos de mayor dificultad en su vida como poeta: su nacimiento, sus problemas de salud, sus amoríos, su mudanza a la Ciudad de México y la eterna búsqueda de la alegría en todas las adversidades existentes. ¿Cómo estos espectros, además de ser concebidos bajo ciertos matices de depresiones antiguas, funcionan en un mínimo mar de analogías sobre la vida del escritor poblano? Esto se responde comparando la poesía de sus libros más conocidos [Cuaderno de Cuetzalan (2004) y Cantares de Cuetzalan (2014), por ejemplo] con este primer esbozo de romance desafortunado, ya que pasa del terrible destino que se va construyendo al comienzo de la vida a la relativa felicidad de saberse uno con sus paisanos, su cultura y sus raíces.
En el primer poema, el ángel toca una campana en un yermo en el que todos vagan para ser manipulados por la presencia del caos: “en el umbral del silencio / […] ciudad en la que vive / quien nos mira arder / bajo la llama del presagio.”La analogía sugiere un desdichado llamado a las entrañas de un mundo acobijado por el desdén de la juventud. De esta manera es como da inicio la pequeña trama y adelanta al lector el leitmotiv estructurado complejamente a lo largo de los versos. A continuación, se revela la mentalidad de estos entes celestes y uno de sus objetivos primordiales para subsistir: la búsqueda de su estadía en un mundo en llamas: “Sembradío de sombras / es la conciencia del ángel harapiento / […]hurta la mirada fugitiva / […] para consumar el acto de la permanencia.” ¿Qué significa que este ángel busque su permanencia y que su mente esté obnubilada con oscuros pensamientos? Concretamente, la corporeidad de sus desgracias recae en seres celestiales que visten ropas desgarradas y que, de la misma manera, se sostiene en el alma del poeta por todos sus percances.
En contraste al descubrimiento de la naturaleza de los ángeles, en los siguientes poemas se describen sus orígenes y la posible generación de su tristeza. Una melodía que empaña los corazones es producto de un instrumento creador de sensaciones: “[…] ensaya a mitad de la tarde / la sonata del amor furtivo, / en duda y duelo se esparce / la armonía de su violín […]”. Con esto puede deducirse que el poeta, al dedicar y entonar su poesía al que quiera escucharla, deja entrever el apuro que da forma a la obra del poeta poblano en todo su apogeo: un sigiloso mensaje de cariño recíproco. La música, como metáfora de la poesía y reflejo del trabajo logrado, es una entidad constante en la vida de Valle Molina, ya que representa ese oficio y toda esa creación literaria producto de la vida en el campo, las lecturas de poetas como Neruda o Mutis, y las dificultades en el ámbito literario. Nuevamente, en el cuarto poema, es evidente cómo el ángel se desdobla y da paso al creador con la descripción de su concepción, su ceguera y la poesía: “[…] asolaron / la noche de otoño en que nací / un viento funerario cegó mis ojos […]”, y es en esta parte que el lector sabe con exactitud lo que el poemario quiere decir, pues ha descifrado la creación de estos entes y ha desvelado la razón de sus andanzas.
Para dar cierre a la obra, en los últimos tres poemas se aprecia la salida de su pueblo y el enfrentamiento con una sociedad nueva, así como la marchitez de estos seres paradisiacos en ausencia de los pensamientos obstructores del bienestar. El quinto poema descubre la edad en la que se trasladó a la ciudad (“[…] rastro de cinco soles / que se eclipsaron / al designio […]”) y la indagación al problema de la ceguera (“[…] audaz en la tristeza continúo el periplo / a la ciudad donde me espera el día.”). Los últimos dos poemas han encontrado la solución al problema de la triste presencia, pues se limitan a presentar la forma en la que el autor se oculta del paupérrimo (“Prófugos de su sombra / miramos rodar el día / espejo en que su imagen / y su nombre se bifurcan […]”) y el método de convivencia que el poeta se plantea para coexistir con las sombras del dolor (“[…] hurgamos el silencio / para encontrar el jazmín / que sólo por nosotros / adquiere un nuevo fulgor […]”). ¿Es acaso una moraleja al inevitable cause de la vida? Si Valle Molina narra estos hechos bajo un periodo de desolación emocional y los finaliza con la directa aceptación de una esperanza perceptible, significa que en su obra la felicidad es reina y la tristeza hizo eco alguna vez como base primigenia en su trabajo artístico.
Asimilar estos poemas y descifrar su contenido no es tarea fácil para el lector primerizo. El ritmo y la sutileza de las analogías con la vida del creador son fuertes detonantes para encontrar desasosiego al principio y final de cada poema. Es menester decir, a manera de defensa, que la belleza del poemario radica en una compleja estructura de imágenes tétricas, tristes, alejadas de toda búsqueda de felicidad. La creación de estas criaturas pretende dar muestra de cómo un artista se sitúa sobre la balanza y sabe qué debilidades lo fortalecen en cualquier infortunio, así como la poderosa arma que representa utilizar estas desdichas a favor de la poesía. Existe la reflexión en estos cúmulos de ansiedades, y su lectura, aunque compleja, merece ser analizada como pieza fundamental en la creación poética de Eugenio Valle Molina.
