El Caballo de Marcelo
Armando Peralta Díaz
Ladro Luego Escribo
Era un guerrero hábil por experiencia, vigoroso de cuerpo,
de mano ligera, belicoso por naturaleza y en los combates
se echaba de ver su gran orgullo y altivez.
Plutarco
En un campo de batalla, yazgo teñido de sangre, como compañero fiel de Marco Claudio Marcelo, el valiente guerrero romano que derrotó a los galos y conquistó Siracusa. Con cada respiración entrecortada, siento cómo la vida se me escapa al igual que a mi señor, quien ha caído en combate contra las fuerzas de Aníbal. A su alrededor, los restos de la batalla son testimonio de la devastación.
Mientras lucho por sobrevivir, recuerdo las gloriosas peleas libradas junto a él, pero ahora todas ellas se han desvanecido. Soldados romanos y númidas nos ignoran, dejándonos solos con la muerte y la desolación.
A lo lejos, los gritos de victoria de los soldados cartagineses celebran la derrota de la “espada de Roma”. Observo cómo los restos de mi amo son recogidos por los enemigos, sabiendo que Aníbal los enviará a su hijo como muestra de honor. Sin embargo, para mi es un débil consuelo. Me encuentro maltrecho y abatido.
El destino es caprichoso, y los huesos de Marcelo se perderán en el camino. Lamento no poder acompañarlo en su último viaje, pero comprendo que el esfuerzo sería en vano. Acepto que los caprichos del destino no están sujetos a mi voluntad.
Al enterarse del deceso de Marcelo, Aníbal se acerca a los restos del comandante que fue atravesado por una lanza. Debilitado, imploro clemencia, apenas si relincho, pero Aníbal no muestra compasión por mi sufrimiento. A pesar de reconocer el valor de Marcelo, el cartaginés se aparta de mi con disgusto.
Con un último suspiro, me entrego a la oscuridad eterna. Mi cuerpo destrozado se funde con la tierra del campo de batalla mientras mi espíritu se une al de Marcelo, trascendiendo la cruenta realidad de la guerra y la muerte.

