Editorial

EL CASO INICIAL – ERNESTO ANTONIO TURRENT MARQUEZ

EL CASO INICIAL

LADRO, LUEGO ESCRIBO

ERNESTO ANTONIO TURRENT MARQUEZ

 

Ezequiel Molina Hernández, joven recién graduado del curso de agentes de

investigación de la Ciudad de México entró a su oficina: “Día uno de trabajo del

resto de mi vida” exclamó suspirando emocionado, en las manos traía una caja

de cartón, sobre ella una bolsa de papel, de la panadería La Ideal.

Se apresuró a acomodar su lugar, puso la mano en el borde de escritorio de

metal y sintió un bulto sólido debajo. Al agacharse descubrió una colección de

chicles masticados en la parte baja, todo el borde estaba lleno de ellos,

“Increíble, todos tenemos una afición, el del antiguo morador de este cubículo

era coleccionar goma de mascar”.

La puerta de su privado se abrió y aparecieron unos pantalones negros, una

voz grave exclamó:

—Veo agente, que ya ha descubierto la colección de Canguros, Motitas,

Canels, Yucatán, Bubble Gum y demás trofeos del agente Leonardo, si le es

desagradable ordeno que le cambien el escritorio.

El muchacho se incorporó y saludó educadamente:

—¡Buen día señor!, mi nombre es Ezequiel Molina y soy…

El superior lo interrumpió mirándolo con seriedad.

—Es usted el reemplazo del Narigón, así le decíamos al agente jubilado, pero dejémonos de parsimonias, jovencito, aquí le dejo su primer caso.

El hombre lanzó con maestría una carpeta beige, la cual aterrizó sobre el

escritorio y salió del cubículo.

Ezequiel se sentó en la orilla, entonces, pudo contemplar la segunda

colección del antiguo dueño del cubículo, calendarios antiguos de bolsillo con

mujeres desnudas, levantó el cristal y se percató de que estaban pegados a la

madera, aquello lo salvaría con una tela verde, la colección masticable la

arreglaría después.

Abrió la carpeta y comenzó a leer. En un año seis cadáveres encontrados en el bosque de Tlalpan, siempre en el mismo lugar. Sacó una libreta azul y

comenzó a hacer anotaciones.

—¿Llegando y tumbando caña mi amigo?, soy Teresa Arrieta, agente

especializada en delitos cibernéticos, vivo en el cubículo de a lado, he traído

dos cafés de bienvenida.

Él sonrió y mostró la bolsa de pan y respondió sonriendo:

—¡Me parece perfecto colega!

 

Día dos

Ezequiel tomó la mochila de excursionista donde guardaba los aparatos necesarios para sus investigaciones. A las seis horas con diez minutos de esa mañana, salió de su departamento ubicado en la colonia Roma y tomó rumbo a una estación del Metrobús en la calle de Insurgentes. Lo abordó en dirección a la estación Villa Olímpica. Una vez allí, caminó hacia el bosque de Tlalpan, avanzó unos minutos sobre Insurgentes Sur y dobló en Camino a Santa Teresa. Llegó a los edificios de la Comisión Nacional del Deporte, sacó su libreta y checó los apuntes. Seis cadáveres arrojados en el mismo sitio. Se dirigió a la entrada del complejo.

—¿Qué área visita? —preguntó una mujer de baja estatura con uniforme de vigilancia privada.

—Buen día, señorita —replicó Ezequiel con una sonrisa—. Vengo a ver el sitio donde han aparecido seis cadáveres, ya que necesito hacer un reporte.

La mujer lo miró con desconfianza y respondió con voz cortante:

    —¡No hay acceso para la prensa! Debe usted agendar una cita con el director de relaciones públicas.

Ezequiel se armó de paciencia y dijo con tono educado:

    —Permítame, le enseño mi llave mágica. —Y con esto mostró su credencial de la Procuraduría.

En breves segundos le franqueó el paso, aunque fue escoltado por otros dos elementos de seguridad que lo acompañaron al interior del inmueble.

Llegó justo en medio del primer y segundo estacionamiento del complejo. Este, se encontraba limitado hacia el poniente por una enorme barda de piedra volcánica.

—¿Qué hay detrás del muro? —preguntó Ezequiel.

—¡Árboles, un bosque! —respondió de mala manera uno de los escoltas.

Ezequiel tomó fotografías, e hizo mediciones de los lugares donde se habían encontrado los cuerpos, curiosamente los seis arrojaban el mismo dato geográfico, diecinueve grados, diecisiete segundos y treinta y cero, cinco, punto setenta y tres segundos norte, con elevación de dos mil trescientos treinta y tres metros. Anotó los datos en su libreta, tomó muestras del suelo y salió del lugar.

“Hora de volver a la base”, se dijo, a sabiendas de que debía procesar la información recabada.

 

Dia tres

En su despacho Ezequiel se sentía inquieto. Hablaba solo, una costumbre que tenía desde los tiempos de la escuela. Analizaba, desmenuzaba, y volvía a leer los

reportes.

Teresa apareció con seis bolsas selladas.

—Compañerito, el chico de la bodega de evidencias trajo esto. En esta

carpeta está el recibo de custodia. Es extraño, normalmente este chavo nunca sube a las oficinas.

—Gracias —respondió Ezequiel—, son las pertenencias de las seis víctimas, las voy a revisar. En cuanto a la visita, es obvio que le gustas a ese chico.

—¡Qué Burro eres! —protestó Teresa—. Por cierto, hasta mi covacha escuchaba tus quejas. ¿Cuál es tu problema con su majestad Google Earth?

Apenado, Ezequiel señaló hacia su computadora:

—¡Esa cosa no me deja trabajar! Quiero bajar unas imágenes, pero lo único que veo son rayas difusas.

Teresa sonrió y se sentó frente al ordenador mientras preguntaba:

—¿Cuál es la zona en la que no entras?

Ezequiel le proporcionó las coordenadas.

—Aquí está el problema —dijo Teresa al cabo de unos minutos—. Hay sitios en los que el carrito de Google Maps no entra, porque son federales o privadas, por eso no funciona la street view, o lo que es igual. No puedes materializarte en la calle porque no hay vista autorizada. Pero las coordenadas sí funcionan, solo debes acercar la imagen.

Ezequiel agradeció el apoyo de su colega, quien se retiró con otra sonrisa.

En cuanto él se quedó solo, se concentró en revisar las evidencias. Dentro de las pertenencias de las víctimas no encontró nada que arrojara algo de luz. Así que optó por examinar las fotografías de los cadáveres. Los seis habían sido desollados por completo y la piel no había aparecido por ninguna parte. Según el reporte del médico forense, al cabo del desollamiento, habían sido desmembrados.

Dejó escapar un suspiro y exclamó:

—¡Me gustan los retos!

Luego, cerró las carpetas, pero su vista se detuvo en los frascos de tierra

recolectada en el lugar de los crímenes. Dentro de uno de ellos, algo le llamó la

atención: un fragmento de piedra negra cristalina que, su intuición le dijo, tenía relación con los asesinatos, pero decidió dejar el trabajo por ese día y salir a cenar al centro de la ciudad en busca de inspiración.

 

Día cuatro

Ezequiel firmó la libreta a la salida de su trabajo. Como era un elemento nuevo, sus datos aún no estaban disponibles en los dispositivos electrónicos de registro laboral de la fiscalía.

Una vez en el patio de acceso al edificio miró su reloj: eran las seis cuarenta de la tarde. En la puerta distinguió a dos mujeres que conversaban. Una de ellas reflejaba la angustia de la búsqueda desesperada. Esa que acompaña a tantas madres buscadoras en el país.

Una mano sobre su hombro lo hizo sobresaltarse.

—¡Espero que haya tenido una excelente jornada de investigación agente!

Ezequiel reconoció la voz de su jefe.

   — Así fue, aunque el día aún no termina —respondió sin dejar de prestar atención a la charla que se desarrollaba a unos pasos de él:

—Ya no puedo más con esto comadre —decía la mujer de rostro compungido. La desaparición de mi muchachito y esto de ver cadáveres ajenos es frustrante y me carcome el alma. ¡Con cuánta ilusión él me enseñó el anillito que se compró en las joyerías del centro!, ese de la piedrita azul.

Las últimas palabras de aquella mujer retumbaron como un disparo en la intuición del agente.

—Lo dejo jefe, voy de metiche con esas señoras.

Se plantó frente a ellas y luego de identificarse les pidió que lo acompañaran a su oficina unos instantes. Las dos mujeres se quedaron mirando una a otra, extrañadas por la urgencia del joven, pero decidieron seguirlo. Al ingresar en su cubículo, Ezequiel hurgó en cada una en las bolsas de evidencia, una por una. La penúltima contenía el anillo con la piedra azul, misma que mostró a la angustiada mujer. Al verlo, ella se desplomó en la silla frente al escritorio.

— ¡Virgen de Juquila! —exclamó rompiendo en llanto.

Finalmente, su búsqueda había terminado. Ezequiel acompañó a ambas hacer los trámites necesarios para la entrega del cadáver. La madre no dejaba de sollozar mientras maldecía:

—Esto ha sido culpa de La Coralillo, ¡maldita vieja desgraciada!, espero se pudra en el infierno.

Ezequiel regresó a su oficina para ordenar sus ideas.

 

Día cinco

El reloj de pared marcaba ya las ocho de la noche. Por más que hurgaba en la base de datos nacional. Ezequiel no encontraba ningún dato acerca de la famosa Coralillo. En ese instante apareció Teresa, quien lo saludó animadamente:

—¡Saludos pareja! Vengo a solicitar la cooperación para el pastel de cumpleaños de la encargada del conmutador. Siempre festejamos a los compañeros.

El agente sacó su cartera y extendió un billete de cien pesos. Para luego exclamar preocupado:

—¡No todo está en la base de datos!

—¡Ah bueno! Todo depende de lo que esté usted chismoseando —replicó Teresa.

El espontaneo comentario arrancó una carcajada del investigador, que señaló sin dejar de reír:

—Estoy en busca de una peligrosa culebra llamada Coralillo.

Teresa se colocó a su lado y se inclinó para abrir el Facebook.

    —Esto nunca falla compañerito —dijo mientras manipulaba con habilidad el teclado de la computadora.

En cuestión de segundos apareció una mujer extremadamente bella. Misma que tenía grabada una serpiente de colores en una pierna, enroscada sobre una daga sangrante.

—Esta tipa es malandra, se le ve en la facha. Por lo general, este tipo de gente mantiene un perfil bajo para no despertar sospechas. Y si tiene a la Santa Muerte en su perfil no es nada bueno —dijo Teresa.

Una voz escandalosa se dejó escuchar interrumpiendo sus cavilaciones. Teresa salió apuradamente sin dar explicación alguna.

—¡Está usted confiscado, señor Carrizo! —exclamó mientras tomaba del brazo a un sujeto delgado que hablaba por teléfono, regresó de donde había salido y ambos se sentaron frente al escritorio, Teresa lo presentó:

—Él es José Rojas, alias “El Carrizo”. Trabaja como agente encubierto y nos puede arrojar luz sobre la viperina amiga.

—¿Para qué soy bueno mis queridos coterráneos husmeadores? —preguntó el hombre.

Una sombra de preocupación se dibujó en el rostro de Rojas al ver la fotografía de Facebook:

—Mi estimado colega, la única serpiente dentro de las huestes criminales, es esta mujer apodada “La Coralillo”, es muy cauta y peligrosa. Nada se le ha comprobado, controla el hampa de Tepito, recluta a jóvenes inexpertos para que le cobren las cuotas o le sirvan de halcones. No les recomiendo transitar por esos caminos —Al terminar la frase se levantó de la silla señalando su celular mientras decía—: Ahora los dejo, debo seguir con mi trabajo.

Ezequiel decidió volver temprano por la mañana al camino a Santa Teresa.  Invadido por una fuerte corazonada.

 

Día seis

El estrambótico canto del gallo, emitido por el reloj electrónico, lo sacó de su sueño como siempre. Ya se había prometido en varias ocasiones tirarlo a la basura. Era un regalo de su madre, lo que era el salvoconducto para que, aquel armatoste sobreviviera.

Ezequiel se había pasado toda la noche en su departamento, ubicando los negocios sobre Camino a Santa Teresa. Trazó un mapa preciso con cada establecimiento al que acudiría.

A las nueve de la mañana inició su recorrido. Como había calculado, al ser quincena los negocios que abrían por la tarde estaban recibiendo mercancía. La pastelería Trauerschwan fue la primera en ser visitada: una mujer de la tercera edad barría la banqueta. El agente le preguntó:

—Buenos días, ¿ya tiene servicio? Me gustaría un capuchino con pastel.

—Un momento. Meto mi escoba, el bote de basura y te atiendo. Mientras tanto puedes ir viendo los pasteles.

Ezequiel entró en el local y fue recibido por un enorme cisne negro de terciopelo, que adornaba la vitrina frigorífica exhibidora.

“Ahora entiendo”, pensó, “el nombre del local es El Cisne Negro”. En voz alta pidió a la jovencita de ojos azules y cabello rubio que se encontraba detrás del mostrador una rebanada de selva negra.

—En un instante se lo llevo— replicó la chica, con un leve acento extranjero.

Minutos después apareció la mujer que barría la banqueta, con una charola, sobre la cual estaba el café humeante:

—Veo que ha impresionado a mi bisnieta Ayla. Dice que usted es el señor de los ojos bonitos.

Aquello fue un inesperado honor. Ezequiel apuró su pastel con café, tachó el nombre del negocio en su libreta. La familia alemana no encuadraba en el perfil de los asesinos seriales. Solo había invertido veinte minutos. Le faltaban quince locales por revisar. Había encontrado un indicio. Al salir del lugar fotografió una pequeña calcomanía de un coralillo.

El octavo sitio era una carnicería de lujo, habló con uno de los encargados. Lo que llamó su atención fue una colección de artefactos prehispánicos que había en la pared. Xipe Totec se llamaba el negocio. Tomó algunas notas y continuó su recorrido, el asunto era muy prometedor, poco a poco se consolidaba la teoría del caso.

 

Día siete

Ezequiel abordó el Metrobús en la estación Villa Olímpica. Eran ya las dos de la tarde. Un hombre obeso pasó atropellando a los que accedían al transporte, discutía airadamente por el teléfono celular.

  —¿Y cómo chingada madre voy a saber yo quién fue? El problema es que grafitearon la mariposa, solo esa sufrió el daño. ¡Gente pendeja que no respeta sus orígenes! Voy camino a la oficina, cabrón. Sí, ¡llevo las fotos!

El sujeto se dejó caer pesadamente en el asiento junto a Ezequiel, quien se quedó mirando el pin que el hombre llevaba prendido a la guayabera, con las siglas INAH en dorado.

Decidió aprovechar la oportunidad, así que preguntó a su compañero de asiento:

—Disculpé, señor, no pude evitar ver su distintivo, ¿trabaja usted en el INAH?

El sujeto lo miró enfadado.

—Si sabes leer y has estudiado, sabes que INAH son las siglas del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Anticipándome a tu intento de socializar te informo: soy arqueólogo y maestro de la escuela de antropología. No me gusta platicar con nadie, ¿de acuerdo? —Terminó la frase, desdobló el periódico que llevaba bajo el brazo y se sumergió en su lectura.

Ezequiel volvió a la carga, y preguntó:

—Entonces, ¿usted podría decirme quién es Xipe Totec?

Molesto, el arqueólogo volvió a doblar su periódico de mala manera y suspiró resignado:

—Veo que eres es muy inoportuno y persistente, pero contestaré a tu pregunta, Xipe Totec es la deidad del este, de la renovación, se le asocia con el renacimiento, es el dios rojo, también lo conocen como el desollado.

Ezequiel sacó su celular y mostró las imágenes que había tomado en la carnicería. Su acompañante cambió bruscamente el tono y, agresivo, comentó:

—¡Parecen originales! ¿En qué negocio las fotografiaste?

—De momento eso es algo confidencial. Pero le doy mi tarjeta, soy policía de investigación.

El hombre lo miró con curiosidad.

—¿Andas detrás de una banda de traficantes de piezas arqueológicas? ¡Esa gente es una lacra! He llegado a mi estación, me despido; me llamo Fulgencio Medina, para lo que se pueda ofrecer.

Lentamente, bajó del Metrobús y se perdió entre la marabunta humana. El agente regresó a su oficina a toda prisa. Sus pesquisas habían resultado prometedoras.

 

Día ocho

De nuevo en su oficina, Ezequiel caminaba de un lado a otro, cavilando y analizando los datos recabados. Tenía la corazonada de que, el propietario del negocio expendedor de carne tenía que ver en el asunto. Teresa entró entonces cargando un proyector y arrastrando una pantalla enrollada en su estuche metálico.

—¡Pinche armatoste! Con esto de la austeridad, no hay para comprar uno más práctico. La pantalla es de la época de los dinosaurios.

 Ezequiel se apresuró a ayudarla. Entre los dos desplegaron el dispositivo para proyectar imágenes con mucho esfuerzo; realmente era un accesorio digno de un bazar. Una vez que lo instalaron Ezequiel puso el proyector conectado a su ordenador. Los dos investigadores estudiaron las imágenes que el agente había tomado en el establecimiento visitado. La imagen del dios desollado apareció reproducida en gran tamaño. Esto hacía más fácil estudiarla de cerca.

 — ¡Qué cosa más fea! —exclamó Teresa con repulsión.

Ambos analizaron la imagen tan concienzudamente que no notaron que la puerta de la oficina se abría. El comandante Aurelio interrumpió el análisis.

—¡Vámonos, muchacho!, la gente del INAH está solicitando una orden de cateo para un negocio en camino a Santa Teresa, me imagino que quieres estar presente en el trámite.

Una descarga eléctrica recorrió el cuerpo de Ezequiel, quien, inmediatamente, recordó a Fulgencio Medina. Pensar que había cometido un error grave al mencionar el nombre del negocio y mostrar las fotos al profesionista en el Metrobús, hizo que su corazón se acelerara desbocadamente. A toda prisa tomó sus cosas y salió de su oficina en compañía de su superior.

Afuera del despacho del fiscal esperaban pacientemente los elementos de delitos relevantes. Aurelio jugaba con un bolígrafo, mismo que hacía girar a gran velocidad sobre la pequeña mesa colocada a modo de revistero. La tos seca del representante social ponía más nerviosos a los impacientes agentes. Finalmente, la puerta se abrió y apareciendo el abogado con una carpeta color verde.

—Señores, finalmente, la juez dio la orden de soltar a los perros. ¡Vámonos!

— ¡Cómo me repatea el hígado este güey! Pero ni modo, Sigamos al mamón —exclamó Aurelio.

 

Día nueve

Con la sirena a todo volumen y la barra de luces azul y rojo encendida, el auto circulaba a toda velocidad por la avenida Insurgentes, en dirección al sur de la Ciudad de México. El comandante Aurelio manejaba como piloto Fórmula 1.

— ¡Definitivamente, eres el vivo ejemplo de la conducción al espacio vacío! Un arte difícil de dominar. ¡Pinche Aurelio chafirete! —protestó el fiscal, mientras intentaba mantener estable la hoja que leía.

Al llegar a Camino a Santa Teresa ya estaba todo acordonado. Varias patrullas de Seguridad Pública se encontraban en el lugar. Ezequiel distinguió el coche blanco con insignias del INAH. Evidentemente aquel pitazo había sido ocasionado por él. Una mujer se acercó amenazante hacia los recién llegados y preguntó:

— ¿Quién es el tarado responsable de este circo?

El comandante señaló a Ezequiel. Quien pensó: “¡Ya me echaron a la leona encima!”. El agente, sonrió con resignación y saludó:

—Buenas noches, señora, soy el agente Ezequiel Molina.

La mujer reviró con rabia al tiempo que manoteaba en el aire:

—¿Sabes lo que ocasionas con este espectáculo? ¡Es una pésima publicidad para la imagen de mi negocio! ¡Ustedes no se miden!

En ese momento, un hombre muy bien vestido se abrió paso entre la gente:

—¡Ni una palabra más! —exclamó—. Mi cliente se presentará en la fiscalía a declarar, naturalmente, solo si es citada por los medios legales. Que tenga buena noche agente.

 Al terminar de hablar, el hombre tomó del brazo a su defendida y la llevó hacia su auto. Ezequiel, había reparado en las uñas portentosas artísticamente adornadas y largas, de la que imaginaba, era la dueña de la carnicería. Dedujo que no era posible que fuera la culpable de los desollamientos. Suspiró y decidió entrar en el negocio. En el interior. Fulgencio colocaba en cajas especiales las piezas arqueológicas. Al notar la presencia del agente, se dirigió a saludarlo:

—¡Estas piezas tienen un valor incalculable! Los datos iniciales indican su autenticidad. Pero lo único que desentona en este museo clandestino es aquella figura espantosa.  —Señaló hacia una de las vitrinas exhibidoras—.

Ezequiel miró con detenimiento el adorno, se puso unos guantes de látex para tomarlo y colocarlo en una bolsa de embalaje para evidencia. Era una pista valiosa.

Dia diez

Sentada en la sala de interrogatorios de la fiscalía, Emma contestaba muy molesta el teléfono. Mientras tanto, su abogado tomaba notas.

Aurelio y Ezequiel entraron en ese momento.

—Bien, señores, terminemos con este baile. Mi cliente es una persona muy ocupada. Tiene quince sucursales que atender —dijo el defensor particular.

— ¡Son dieciséis!, pero, gracias a ustedes, una perderá la venta varios días —sentenció la mujer y prosiguió—: Lo de las piedritas y cosas raras, estaban ahí cuando me traspasaron el local, no me dedico a saquear tumbas, como lo mencionó el paquidermo ese que se comportó tan grosero.

Ezequiel tuvo que contener la risa y respondió:

—De las piezas arqueológicas no hay cargo en contra de ustedes, pero yo tengo algunas preguntas que hacerle: la primera de ellas es, si le han intentado cobrar derecho de piso.

Emma volteó a ver a su representante legal, quien le susurró al oído unas palabras.

 —Pues, realmente, caballero, han llegado más de diez a cobrar esa extorsión que usted me dice, de parte de una señora de nombre de culebra, pero no regresan, yo prefiero estar en paz con el diablo. No vaya a ser que amanezca muerta un día de estos, siempre son muchachos diferentes, nunca el mismo.

— Mi cliente me ha informado varias veces de esos eventos, mire, casualmente aquí tenemos varios sobres con una bala dentro de ellos, es el método que utilizan para amedrentar —intervino el abogado.

Aurelio miró la evidencia sobre la mesa y sin tocarla respondió:

—¿De modo que dejan el sobre y no regresan por la respuesta?

— ¡Efectivamente! Han visitado mi negocio en varias ocasiones y tiempo después regresa un muchacho diferente a dejar el mismo sobre, con la bala y la tarjeta de la viborita dentro —señaló Emma.

Aquello resultaba por demás extraño, ¿para qué dejar constantemente sobres para extorsionar y no regresar por la respuesta? Ezequiel puso la bolsa con el muñeco Depredador sobre la mesa.

—¡El mono feo se los regalo!, nunca fue de mi agrado. Arcelia la cajera lo puso ahí. Afirma que se parece a don Tomás, ignoro la razón.

Aquella entrevista arrojaba pistas definitivamente interesantes.

 

El cierre

El silencio que reinaba a las tres de la madrugada en Camino a Santa Teresa solo era profanado por aquella escoba de varas, manejada hábilmente por un solitario barrendero. Del interior de un camión frigorífico bajó el conductor y preguntó al de la limpieza pública:

— Buenas noches, carnalillo, ¿sabes si van a abrir la carnata? Traigo el pedido de cada dos días.

El hombre recargó la barbilla en su escoba y respondió:

 —Pues no tengo ni la más mínima idea, es mi primer día en esta zona, bro.

A lo lejos se vio una solitaria luz, la que resultó ser una motocicleta que se estacionó detrás del camión. El recién llegado dejó su casco en el manubrio y saludó:

— ¡Buenas noches, amigo Chaflán! Imagino que en unos momentos viene el encargado a abrir.

En ese momento se dio cuenta de que el negocio tenía cintas amarillas que impedían el paso.

—¡Ah chispajos! ¿qué sucedió aquí?

El repartidor de carne en canal comentó:

— Estamos en las mismas, mi querido depredador, no tengo idea que Pachuca por Toluca.

El barrendero sonrió.

—¿Depredador? ¿no era el bicho ese que peleaba con el Arnoldo alias El Conan?

Chaflán comentó:

—Nada, mi chavo, que el aquí presente es el desollador más rápido de la Ciudad de México, su habilidad con el cuchillo es extraordinaria, pero lo curioso es que utiliza puro instrumento de obsidiana para hacer sus cortes.

Halagado por las palabras, Tomás sacó la franela donde tenía los instrumentos punzocortantes. En ese momento, el barrendero se quitó el sombrero y se identificó:

—¡Policía de investigación!, está usted detenido por ser el probable responsable de varios asesinatos en esta zona!

Los ojos del presunto se llenaron de ira.

—¡Pinche tira de mierda! ¡Me comiste el mandado!, mira que disfrazarse de limpia calles, ¡infeliz!

El hombre hizo el intento de tomar uno de sus cuchillos, pero la rápida reacción de Ezequiel se lo impidió, tomó con una mano el brazo del sujeto y con la otra le apuntó con su pistola Glock. Chaflán le gritó a su amigo:

—¡No hagas pendejadas, güey!

Tomás terminó ese día confesando más de seis delitos y fue procesado por homicidio. El joven investigador fue reconocido por su jefe; en once días había resuelto el caso superando a su predecesor, quien lo había hecho en mes y medio.

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