“Alexia cuatro veces dijo no” de Roberto Reséndiz Carmona
Ernesto Adair Zepeda Villarreal
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Editado mediante la asociación Cultura, Arte y Tradición, A.C., basada en Zamora, Michoacán, este poema de largo aliento vio la luz en 2013, del promotor cultural y poeta, Roberto Reséndiz Carmona. La portada fue obra de Pablo Molina, mientras el diseño de Diana Carolina Daza Astudillo. El libro lo conforman 645 pp, con prólogo de León Guillermo Gutiérrez. La obra se encuentra configurada en dos secciones (orillas), con 49 fragmentos interconectados entre sí. Se trata de una carta lírica donde resplandece el deseo, la añoranza, la fatiga, e incluso el remordimiento. El autor se sienta a mitad de la corriente para atestiguar el efecto del cauce en cada histrión, siendo la primera parte el canto vestigial de la amada, Alexa, y su respuesta la pesadumbre del admirador reducido a la negación.
En este canto aflora la sensualidad de aquello amado, visto a través de un recordado tragaluz, donde los pasajes manifiestan la intimidad de dos personas, atrapadas en el bucle de la nostalgia. Ella, la amada se ha convertido en una efigie de su belleza, de la sensualidad de su piel, para dejar al frente un vestigio decorado por corales místicos. Del otro lado de la ribera, el amante se conduele de su fracaso, de ser tan poco valiente como para entregarse a su objeto amado, de inmolarse en el bestiario liberado mediante el aliento. Así “Sin esquivar el aliento de la sierra/ enlaza dos letras en la roca./ No importa el olvido que enturbió la risa/ ni el pasado fardo de los años”. La penuria es mantenerse atrapado en su instante fijo.
Sin embargo, hace de esa dolencia una espina capaz de atravesar el pecho, y así, mediante ese puente terrible, destilar del aire una profunda belleza. Roberto, un poeta conceptual, aprovecha sus imágenes frescas entreveradas con los pasajes por los que ha andado para reproducir el mundo. Es mediante esa extrapolación que su poesía adquiere un velo ceremonial de símbolos e instantes. Entremezcla la crónica de viaje con la catarsis de aferrarse a lo acontecido, renovando el papel historicista de la poesía, íntima, ocupada de no desgarrarse a plena marcha. Además, la obra encumbra el papel de la mujer, de la musa o diva o encarnación del eros, y por tanto de la única belleza posible, mientras realza la admiración casi sacra: “Sigue sorprendida/ de la forma en que transita/ la alegría de piernas y caderas/ el vientre plano/ las turgencias que se agolpan/ al esculpido talle coronado”. Lo mundano, es lo perfecto, una suerte de arcano elemental del autor. Más adelante continua: “Le gusta caminar descalza/ y la lluvia diminuta/ sentir el barro/ recorrer el arte de Afrodita/ la última bendición inmaculada”. Al cantarle a una, le canta a todas las mujeres.
El otro lado, la corriente en sí, se manifiesta con la metáfora de la pérdida, de la huida, del inevitable cambio. “Terminó por olvidar/ el cuarto menguante del abismo/ la piedra del sol y la calzada de los muertos”, menciona al posicionar su efigie en la derrota de la cotidianeidad, paralela a la vida diaria. Así, Alexa, la que elude, se infunde mediante la luz ante el lector, para descubrir su portento según lo añora el poeta, pero: “Confusa -desde siempre-/ desde el primer instante/ en que la humedad se cristalizó/ para nacer mujer/ semilla del ausente cuarzo”. El erotismo es espiritual, es una mística oculta que no opta por lo carnal sino por los detalles del día a día.
Esta obra no desluce con el paso del tiempo, sino que se puede abordar como un manifiesto del quehacer del artista, del rol del poeta como observador, como vidente y como testimonio. Alexa es un sitio feliz a donde se puede volver, o es el faro reconocible en la turbulencia del río. En todo caso, Roberto expresa tal vez con cierta inconciencia sobre su lenguaje-objeto que: “El exilio es otra forma de dignidad sin llanto/ la exacta soledad/ en el capullo perfecto de la oruga”. La poesía es soledad, tal vez, pero el mundo siempre es perfecto.

