El complejo del impostor
Ernesto Adair Zepeda Villarreal
Fb: Ediciones Ave Azul X: @adairzv YT: Ediciones Ave Azul Ig: Adarkir
A veces me maravillo con la cantidad de invitaciones para participar en talleres literarios virtuales disponibles en la red. Muchos son más parecidos a un club de lecto-escritura; lo que propiamente debería ser un taller. Ponen fechas, anuncian una cuota, y en el mejor de los casos aparece una breve, sucinta, biografía de quien lo dirigiría. No quiero ser ni grosero ni condescendiente. Pero me causa curiosidad esa combinación entre jovencísimos escritores, la laxa biografía, y la remarcada demanda de la cuota. En términos estrictos, no debería ser importante. No creo que exista una correlación real entre talento y currículo. Más bien, lo que me asombra es la confianza. Viejo, abrumado por los fracasos, sobre una senda cada vez más larga, aún me percibo como un fraude, un impostor en la materia. Con qué cara puedo yo decirle a alguien más si lo que hace tiene un mérito o no, si se nota su preparación, o peor aún, sugerirle cambios y “mejoras” basadas en mi experiencia. Tal vez lo que escribo ni siquiera tenga mayor mérito que la casualidad.
Los talleres están allí, de noveles nombres, casi recién salidos de la universidad, con algún par de publicaciones en blogs cuyas direcciones ya no funcionan. Sin embargo, lo hacen. Congregan, dan talleres, cobran por ellos. Quizá debería compartir mi experiencia, la estética a la que le he dedicado casi de manera irracional tantos años. Tal vez no. Me siento en las mesas con otros artistas para guardarme mis palabras. Piensan que son extraño, incluso grosero, superficial, condescendiente por no participar activamente en las discusiones. A mí me gusta escuchar, no paro de aprender de ellos, de maravillarme de sus experiencias, de sus viajes, de sus logros como personas y artistas, incluso académicos. No es que piense que son mejores, sino más interesantes. No hablo para no aturdir con sandeces sus valiosas conversaciones.
Tal vez es un problema de confianza, autoestima quizá. No me siento mal. Respeto el ambiente, la actividad, la literatura. Tampoco encumbro la vanidad del asceta al despreciar el ego, ni busco la falsa modestia de los mártires para sobresalir. Me gusta el silencio en mí, me gusta la generosidad de palabras en los otros. Escucho para vivir a través de mis conocidos, para gestionar ese conocimiento decantado en su experiencia. No es soberbia, es belleza. La de los otros. Continúo paseando por las conversaciones sin perturbar el aire, sin tocar sus cuerpos, maravillado de sus gestos apasionados, sinceros. No me aterran los reflectores, sé cómo hablar en público. Pero son incómodos. Es tan cansado ser el centro de atención, así que lo evito. Digo cualquier cosa, temas evidentes, respuestas simples, algo deslucido. En el currículo se van aglomerando datos, frases de sitios, de editoriales, de “logros”. Ahí fermentan. Cualquier con el ocio suficiente puede cosechar una currícula frondosa; incluso se puede comprar. No debe tener mucha valía, pienso, es lo de menos. Este asunto del impostor tiene sus propias virtudes, previene el ridículo, matiza la escritura, pone freno a las imprudencias. Cada vez más me gusta lo que escribo, cómo se desarrolla, como suena. No es modestia, es un método escritural con el que me siento en paz.

