La dispersa musa
Ernesto Adair Zepeda Villarreal
Fb: Ediciones Ave Azul X: @adairzv YT: Ediciones Ave Azul Ig: Adarkir
Nada tan elusivo como la musa. Sostenían los griegos que las musas eran divinidades de alguna clase, nueve hermanas hijas del padre trueno, que portaban los dones de la belleza; o una interpretación bastante ecuménica de ella. De allí hasta nuestro tiempo, las centurias han forjado idealismos, cánones, aspiraciones según se levantan y caen los imperios. La belleza es de quien la mira, se suele decir, complicando aún más las cosas. Incluso Hemingway mencionó que las musas no se buscan, sino que llegan cuando uno hace lo que debe, que es trabajar, sentarse a escribir prolijamente (y por extensión a cualquier actividad creativa) con arranques explosivos del lenguaje. Después habría que editar con la mayor de las sobriedades, sometiéndose uno mismo al yugo de la crítica. Entonces aparecían las musas para dar una especie de visto bueno de aquello, con lo que se podía estar en paz.
Y sí. A las musas no se les seduce con el canto de las sirenas, sino con la estridencia de las herramientas. Además de que no son únicamente un ideal estético y meramente contemplativo, sino un impulso sobre lo que es bueno, lo que es deseable, lo perfecto (adosado con el otro fondo del espejo inseparable). Los ideales, los recuerdos, el dolor… la lista de las nueve hermanas. Eso son las musas. Aunque eso no implica que no tengan otra apariencia, más próxima. Las personas que nos rodean nos motivan a escribir, para bien o para mal. Entonces, desde aquella adorada mujer de ensueños hasta el barroco oponente del cobrador de impuestos, la musa se torna un manto sobre aquellas personas que nos despiertan una motivación clara para construir. Al final no se trata más que de cartas o parábolas o mensajes cifrados que se sueltan con indiscreción entre los semejantes para acaso completar un día su verdadera motivación.
Pero eso no quita, claro, que el papel de la musa lo ocupe ese íntimo juego entre dos, quienes reconocen que hay una tensión constante en sus vidas, atadas por esa complicidad. Mi pareja es mi musa, sí, en todas las de la ley, y no solo en la literatura, sino para la transcendencia de la cotidianidad. No puedo desmarcar su presencia a lo largo de mi vida, caminando a un costado o como la sombra de un águila que se intuye apenas sin pensar mucho en ello. Pero va más allá. Son filamentos que se anudan frente y a través de nosotros, reconstruyendo pasajes, motivos, obsesiones, que nos han de acompañar cada instante. No es un velo cansino que carcome (que puede serlo), más bien una permanente reverberación de nostalgia y destino. Entonces la literatura se convierte en un puente eficaz para confesar un secreto; o según Saramago, pequeñas islas por las que vamos transitando…
Aun así, no es la respuesta más política posible (según ella). La musa es nuestra motivación, el catalizador de la llama, el centro de todo lo que hacemos y por qué lo hacemos. Es una definición práctica a la que no le puedo rebatir. No lo sabe, o tal vez lo olvida a propósito para continuar con el juego, cuan relevante ha sido ella en todo cuanto he escrito; y a su vez, en cuan independientes son aquellos frutos madurando tan cerca de la rama, sin llegar a ser jamás una réplica de sus vetas silenciosas.

