Ladro luego escribo
Libertad
Verónica Estrada Robles
Por la pequeña ventana, Saúl observaba el patio. El sol comenzaba a desaparecer, la noche se acercaba. Las horas en ese lugar pasaban lentamente. Tomó el libro Metamorfosis de Kafka, se tumbó en la cama y se puso a leer. Sumergirse en la lectura era la mejor manera de pasar el tiempo.
De pronto, la luz se apagó. Saúl cerró el libro abandonándose en la oscuridad de la noche en la que era difícil dormir, casi imposible caer en un sueño profundo. Miraba al techo cuando pensó en las ventajas que podría tener, si como Gregorio, el personaje del libro se convirtiera también en un insecto. Levantó sus brazos y los observó con detenimiento, la luz de la luna llena entró por la ventana. Poco a poco fue imaginando su transformación. Se hizo pequeño y pensó cómo mutaban sus extremidades en patas, como aparecían sus fuertes mandíbulas, y como su espalda se ensanchaba y volvía rígida creando un caparazón. Era un pequeño escarabajo negro, postrado en aquella enorme cama. Puso atención a los ruidos que aún se escuchaban, aguzó sus sentidos. Cautelosamente se bajó y corrió deprisa pasando libremente por debajo de la puerta. Aquel lugar que siempre le había parecido diminuto, ahora era inmensamente grande. Debía llegar a la puerta de salida. Sus seis patas se movían con gran velocidad. Se desplazó por la orilla de la pared, por el centro del pasillo y al dar la vuelta, por poco queda atrapado bajo la suela de un zapato. Su corazón latía con fuerza, a la misma velocidad a la que corría.
A lo lejos advirtió un pequeño agujero en donde se metió, trató de identificar en dónde se encontraba. Con el tamaño que ahora tenía, era más difícil saberlo. Entonces vio las escaleras, avanzó hacia ellas y poco a poco fue descendiendo. De vez en cuando miraba hacia atrás, descubriendo la enorme distancia que lo separaba del segundo piso. Finalmente, bajó el último peldaño. La puerta de salida estaba al fondo del pasillo. Con urgencia lo recorrió, pero al llegar observó que la rendija, debajo de la puerta, era demasiado pequeña, aun para él. Como tantas veces le había sucedido, sentía que la esperanza se desvanecía. Estaba cansado, pero era su única oportunidad. Dibujó en su mente cada uno de los espacios que conocía de aquel lugar hasta que encontró una salida. Con impaciencia caminó por el techo. Después de un largo trayecto, llegó a la cocina. Se detuvo y observó con cautela, ¡ahí estaba la pequeña ventana!, justo como la recordaba. Sin embargo, a lo lejos, en un rincón del piso, yacían cáscaras y restos de verduras. Eso era un manjar, hacía mucho tiempo no veía tanta comida. Rápidamente bajó hasta allí y comenzó a comer. Comió y comió con desesperación hasta quedar saciado. Con pesadez caminó por la pared hasta llegar a la ventila. Desde donde se veían las luces de las torres y el vasto terreno desierto que los rodeaba. Sentía la fresca brisa de la noche y la libertad. Sus alas aparecieron debajo de su caparazón y comenzaron a batirse con rapidez, generando un zumbido. El ruido fue acrecentándose hasta terminar en un estruendo. Se escuchaba una alarma, gritos, el sonido seco de las cachiporras al golpear los barrotes de las celdas, los guardias corriendo por el pasillo. Saúl había regresado a su realidad. De inmediato se tiró de la cama, pecho tierra, colocando sus manos entrelazadas sobre su cabeza.

