Editorial

El Último Atardecer de James Dean – Ana Suárez

Ladro luego escribo

El Último Atardecer de James Dean

Ana Suárez

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Nunca olvidaré ese día. A veces pienso que, si hubiera hecho o dicho algo a tiempo, todo podría haber sido distinto. Pero así fue como sucedió y solo me queda ahora el recuerdo de aquel 30 de septiembre de 1955, cuando perdí a un gran amigo.

Nos dirigíamos a una competencia en Salinas. James había decidido conducir su nuevo Porsche 550 Spyder, un auto pequeño y veloz al que había apodado “Little Bastard”. Como su mecánico personal iba a su lado, en el asiento del copiloto. El sol comenzaba a despedirse en un atardecer luminoso y, mientras recorríamos la sinuosa carretera, yo disfrutaba del viento que acariciaba mi rostro. Todo parecía perfecto.

Curiosamente, unos días antes, James había grabado un anuncio de televisión sobre la seguridad al volante. Todavía escucho su voz y veo la expresión seria con la que decía: “Conduce con prudencia. La vida que salves puede ser la tuya”.

Por lo general, me sentía tranquilo cuando manejaba, seguro de que lo haría con responsabilidad.  Sin embargo, esa vez, mientras aceleraba, advertí que algo estaba fuera de lugar. Quizá fue mi intuición o quizá simplemente el temor de que algo saliera mal. Pero callé. ¿Cómo decir a un hombre como James que fuera más lento cuando se veía tan feliz? Para él, cada kilómetro era una inyección de libertad. Y es que, aun cuando parecía tener el futuro a sus pies, lo que él deseaba no era el reconocimiento alcanzado, sino vivir al máximo, experimentar la vida en cada poro de su piel. Conducir se lo permitía, era un espacio donde solo importaban el sonido del motor y la adrenalina corriendo por sus venas.

Estábamos cerca de Cholame cuando vi un Ford Tudor acercarse. No parecía que fuera a detenerse y, de súbito, me di cuenta de que estábamos a punto de chocar.

Grité: “¡Cuidado!”

Pero fue demasiado tarde. James aceleró, seguramente confiado en que tenía la preferencia. El impacto, que resultó brutal, retumbó en mis oídos y se grabó para siempre en mi memoria. El Porsche giró como una marioneta cuyos hilos fueran cortados de golpe, hasta estrellarse contra el asfalto. Todo se volvió confuso. Sentí mi cuerpo golpearse contra el interior del auto y luego… luego se hizo el silencio.

Cuando volví en mí, estaba herido, aunque no de gravedad. Miré a mi lado y vi a James atrapado entre los restos del auto. No se movía. Intenté ayudarlo, pero no había nada que pudiera hacer. Se había ido. La realidad de su muerte fue un golpe aún más fuerte que el mismo accidente.

En esos momentos, el tiempo se volvió extraño. Todo sucedía muy rápido y, a la vez, muy lento. Recuerdo ver gente corriendo hacia nosotros, los rostros horrorizados. Recuerdo el cielo anaranjado, las luces de los autos deteniéndose y el dolor punzante en mi pecho que no venía de las heridas, sino de la pérdida.

Esa noche, mientras estaba en el hospital, pensé en el anuncio hecho por James. Las palabras que había pronunciado y su llamado a la prudencia resonaban en mi cabeza, burlándose de la tragedia que acababa de ocurrir.

La vida continuó, pero nada fue igual. James se convirtió en una leyenda, un ícono que representaba a la juventud y la rebeldía. Pero para mí, había sido un amigo, alguien con quien compartí risas y conversaciones más allá de las carreras y los reflectores.

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